Cuando leí en una entrevista a Carlos Fuentes que defendía la importancia del idioma español  como mercado para los libros que escribe y se escriben (y generosamente les da lugar a otros escritores entre los que, con todos los argentinos, me incluyo), esgrimiendo la cifra  de 500 millones de  hispanohablantes, me hizo latir el corazón a alta velocidad, me emocionó y me hizo saltar las lágrimas como a Mempo Giardinelli, a quien le saltan por todo, por los vivos, por los vivos a medias, y por los muertos. Como formo parte de aquellos que se quejan de que vendo poco y que esperan la varita mágica del best seller, al enterarme de la cifra, las ensoñaciones, por no decir alucinaciones, se dispararon.

Sin embargo, a pesar del argumento de Fuentes, tan inteligente, tan medido y calculado, tan norteamericano (cantidad y tamaño exactos), algo huele mal en el mundo latinoamericano e “hispanohablante”.

Si de números se trata, a pesar de la existencia de los chinos y de los hindúes (miles de millones), la cifra que nos toca, y es tan nuestra, es impresionante. Pero cuando se levanta la tapa de la olla que la contiene, la nariz menos fina puede sentir un olorcillo un poco extraño y a la cabeza más obturada y obnubilada por el ego la puede dañar  un razonamiento sin vapores de alcohol. Desgraciadamente, además de:

40 millones de analfabetos, 80 millones de semianalfabetos, y descontando además a los mudos, aquí va una modesta lista de quienes hablan, pero no el idioma soñado por los hispano-escritores:

  1. Quechua – 9 a 14 millones.
  2. Guaraní – 7 a 12 millones
  3. Aimara – 2 a 3 millones.
  4. Náhuatl – 1,3 a 5 millones.
  5. Maya – 900.000 a 1,2 millones.
  6. Mapudungun – 440.000 hablantes.

Si son bilingües, ése es otro cantar. No hay cifras para esgrimir y dar estocadas. Y lo que tampoco hay son escritores que en vez de fanfarronear con la cifra de los hispanohablantes, como hablar no significa poder leer, salgan a las escuelitas del campo no sólo a dar leche a los niños, sino a llevar lápices y papel para enseñarles a escribir. Leer es una consecuencia del aprendizaje.

Al campo, nada más que al campo. No hablo de La Quiaca ni de otras partes de la cordillera poblada de indios.

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