“Estamos en vías de crear, en suma, lo que merece bautizarse como la cultura idiota. No una subcultura idiota, que bulle bajo la superficie de todas las sociedades y que proporciona una diversión inofensiva, sino la cultura misma.”

Carl Bernstein.

Antes de ponerme a escribir este artículo o más bien una nota, pensé si tenía derecho de hacerlo. Por un lado, porque ya publiqué uno titulado La inutilidad de los artículos, y sería como cortar la rama sobre la que estoy sentado. Sin embargo, por el otro, como no pretendo cambiar nada, salvo iluminar un poco a los que tienen un pequeño agujero en la cabeza por el que entraría la luz para potenciar su escasa inteligencia, no veo por qué no hacerles ese pequeño favor. Esto podría parecer ofensivo, con un toque de soberbia, pero aseguro que no lo es: como miembro, o quizás ex miembro de la cultura idiota, tengo el derecho y hasta la obligación de escribirlo.

El mundo es ancho y ajeno y la cultura idiota lo es mucho más. Es un fenómeno imposible de abarcar en su totalidad, ergo, me tengo que limitar a un solo y minúsculo  aspecto de la cultura idiota: los premios literarios y los que los reciben, o peor, los que no los reciben.

Claro que antes, brevemente, una información: de qué manera me diplomé como miembro de la cultura idiota. Es verdad que ya lo conté en otro rincón de estas páginas, pero sin haber tomado conciencia de mi idiotismo.

Hubo un tiempo, allá y lejos, en que creía que palabras como “literatura”, “cultura”, “calidad”, “justicia”  y tonterías semejantes tenían valor, peso y fuerza. De modo que, en vez de con mi nombre, opté por presentarme al Premio Planeta argentino con seudónimo. No gané los 50 mil patacones fuertes pero recibí  una mención que arrastro desde aquellos tiempos (1993), y que no me sirve de mucho, diría que de nada. Durante la competencia, nadie sabía quién era el autor de la novela Silver, y cuando se supo,  Tomás Eloy Martínez, miembro del jurado, delicadamente, me graduó de idiota: “Fuiste un tonto. Si hubiéramos sabido que la novela era tuya, estate seguro que tu destino hubiera sido otro”, frase que probaba mi existencia en esta tierra y mi valor de acuerdo al destino que me hubieran dado, aunque sigo ignorando cuál hubiera sido.

Inocente de mí, ya graduado de miembro de la cultura idiota, a pesar de que muchas personas conocedoras me dijeron que la corrupción del jurado existe desde los tiempos de los griegos (parece que Aristófanes, Esquilo o Sófocles deslizaban unos dracmas entre sus togas), y que el Alfaguara era exactamente lo mismo que el Planeta. Lo mismo que con los premios literarios en Francia, todo estaba arreglado de antemano, no valía la pena ni el gasto de papel y del correo ni el desgaste por la ansiedad de la espera. Sin embargo, todo es relativo; como el Alfaguara de México, hace unos años, recibió buenos informes sobre una de mis novelas, ellos mismos me sugirieron, es más, me pidieron que me presentara al premio pagándome todos los gastos de correo, ya que ellos se encargarían del resto.

Es asombroso lo idiota que puede llegar a ser uno y todo lo que puede poner en una  frase como: “encargarse del resto”, hasta el pasaje de primera clase para volar en busca del primer premio. Si alguien se enteró de que gané el primer premio, por favor, que me avise.

Pero algo me motivó para escribir esta nota. En primer lugar, el autor premiado viene acumulando premios sobre su espalda que además de aplastarlo hasta la chatura, es una garantía de ventas. No parece ser un “fuera de concurso”. En segundo lugar, prueba de la chatura es que es una novela de amor, de triangulaciones amorosas, de azar, soledad y misterio, en la que se reflexiona sobre la realidad social española, zozobra de crisis. Dudo de que la reflexión sin acción lleve a algún lado, pero unas manos de bleque de la actualidad no deben faltar. En resumen, “Un menú del día”. La historia siempre banal (graciosísima) de cómo fue avisado el autor de haber obtenido el galardón. Y por último de las fuentes de inspiración de la novela (sus “maestros”) y cómo fue escrita. Otro resumen: llenar el vacío con más vacío.

Sin embargo, la motivación de escribir no quedaría completa sin citar la sabia observación de  un periodista, Toni Garrido, quien, por la cantidad de concursantes, preguntó entre las risas del comedor (el ágape no podía faltar, la literatura se devora, no se lee): “Esto quiere decir o que la gente tiene cada vez más tiempo para escribir o que cada vez hay más gente que cree que puede ganarse la vida con la literatura… No sé qué me preocupa más”.

Y aquí las cifras, récord, no de los cien metros, sino del infinito (cita de El País):

El Alfaguara de Novela, cuyos libros se han traducido a 22 idiomas, ha batido el récord de participantes este año: 802 manuscritos procedentes de 19 países: 342 se han recibido en España, 133 en México, 99 en Argentina, 61 en Colombia, 34 en Estados Unidos, 28 en Chile, 23 en Venezuela, 19 en Ecuador, 18 en Perú, 9 en Guatemala y Honduras, 8 en Costa Rica, Panamá y Nicaragua, 8 también en Bolivia, 7 en El Salvador, 7 en Uruguay, 4 en Paraguay y 2 en Puerto Rico.

Por lo que el periodista debería preocuparse es por buscar la razón, no de la cantidad, sino de la falta de un auténtico gran escritor, que el Alfaguara no descubrió jamás.

Gracias a Dios, esas cifras me son de gran utilidad: no estoy solo en mi estado de idiota útil, como diría Vargas Llosa, y soy un digno miembro de la cultura idiota.

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Una Respuesta to “La cultura idiota”

  1. A. P. dice:

    Aunque no es una adicción ni un vicio, la estupidez o la idiotez se multiplica igual que cualquier ser vivo, es más, se reproduce como los conejos. Heinrech Heine advirtió que en el mundo hay más idiotas que personas. Sinceramente, me preocupa quién es (o son, ¿o somos quizás?) los culpables de la producción y reproducción de una cantidad extraordinariamente numerosa de idiotas que encontramos en el nivel universitario (donde se supone que llegan los más aptos) todos los años. Catorce años de escuela primaria y secundaria no les (¿nos?) sirvieron de nada. Y cinco o seis de universidad no alcanzaron para desarrollar el tan mencionado y halagado “pensamiento crítico”. Me adhiero a una cita de Confucio: “Aprender sin pensar es un esfuerzo baldío. Pensar sin aprender es peligroso.”

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