“La poesía es empujar la lengua hasta el campo del otro; es un impulso por salirse del ghetto autobiográfico.”

Paul Celan

Si uno le pregunta a un escritor (un intelectual) para qué vive, una de las respuestas más honestas (y peligrosas) podría ser: “La verdad es que no lo sé”. Pero si se pone a explicar su obra –un fenómeno común–, a hablar de sus intenciones, que implican sus logros siempre sospechosos, el asunto empieza a oler o ya huele mal.

El fenómeno es más grave si, además de las explicaciones (justificaciones), habla de la cantidad de libros publicados, a las lenguas a las que fueron traducidos, de lo que recauda por mes por los derechos de autor que percibe, y el asunto ya no huele, apesta. El “Dile, Sancho, quién soy, porque hablar de sí mismo envilece” del Quijote se convierte en caricatura, en una triste frase histórica. Por último, ante la falta de creatividad y talento, si no se trata de una novela histórica, como espinas desagradables, se mencionan los contenidos autobiográficos como garantía de verosimilitud y se cree que uno y todo lo que hace es la cosa más bonita del mundo. Tal el caso de Henry Miller, cuyas novelas son manuales de sexología hasta el empleo de zanahorias o, ya más delicado, relatar cómo sube o baja de una bicicleta es un fenómeno único del que sólo él es capaz.

Por supuesto, no soy una excepción. Más de una vez me vi balbuceando tonterías sobre mis textos, pero siempre he negado que fueran autobiográficos sólo por el hecho de que he nacido o caminado por la calle que describo, o porque escribí una historia por una guerra que pasé. No pongo ni endoso mis conflictos (trato de no hacerlo) bajo las narices del lector como el carnicero los bofes sobre el gancho. El simple texto, ese milagro, debería hablar por sí mismo sin chácharas posteriores.

Y siempre, como dizque intelectual, cuando me preguntan lo que fuere, tengo que hacer un esfuerzo para recordar esta especie de anticredo: “La verdad es que no lo sé. Si no puedo ayudar a cambiar el mundo, ni tengo fuerzas (ni fe ni autoengaño) para participar en pequeños grupos que con vanas esperanzas esperan cambiarlo, por más noble que sea su tarea, mi credo sigue teniendo un triste valor”.

Claro que uno nació, y si no tiene instintos suicidas o motivos para hacerlo, debería cumplir muchas tareas. Las más importantes: meter a un banquero en la cárcel como él hace meter a los ladrones; empalar (luego de un juicio democrático y libre) a los liberales y neoliberales (se podría empezar por Vargas Llosa) y, como escritor, respetar los árboles y no asfaltar más las mesas de venta con más basura en el mercado.

Es fácil: no hay escritor que no tenga la sospecha de la calidad de su obra, y si no lo sospecha, es un pobre de espíritu que poluciona las mentes y no entrará en el reino de los cielos.

O es peor: realmente hay escritores que creen que lo son.

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