“¿Y la literatura? –pregunté entonces–. La literatura es algo más que arte, la literatura es una respuesta, un comportamiento ético…”

Sándor Márai, La mujer justa

“Un autor, un escritor, muy a menudo no es
un hombre, sino una hembra a la que hay que pagar
pese a saber que siempre está dispuesta a entregarse a otros.
Es una puta.”

Gaston Gallimard

Creo, casi es un acto de fe, que el escritor más importante del siglo pasado (entre otros, como Broch y Proust) fue Musil. Y no digo gran escritor porque éstos, desde que las editoriales han pasado a las relaciones públicas y a la promoción, en la actualidad los “Grandes Escritores” no pululan como las moscas, sino como gusanos del intelecto que carcomen alma y espíritu y los dejan vacíos para dar lugar a la invasión de la chatura y de la mediocridad.

Por supuesto, no lo corono a Musil con el laurel y lo declaro “El escritor de los escritores, soberano del Parnaso”. Ese es un mérito que les corresponde a Cervantes y a Shakespeare. Claro que hubo algunos más (bastantes) que, si no merecen la corona, sí toda nuestra gratitud por haber llenado vacíos con sustancia.

Es verdad que entre ellos hubo mentalmente auténticos deformes (Celine con su nazismo, Thomas Mann con su recalcitrante mentalidad pequeñoburguesa), sin embargo, por uno de esos misterios no descifrados, en el momento de ponerse a escribir, recibían la iluminación.

¿Por qué Musil? Porque nadie como él supo ver (ni los grandes filósofos, cuyas obras dormían y duermen en la estantería), tener conciencia, del siglo en que estaban viviendo y de lo que se avecinaba: “Este es un siglo en que de cada ‘sí’ viene colgado un ‘no’ o un ‘pero’” (El hombre sin atributos).

Como no creo en eso de que “siempre fue igual”, un comodín para los pobres de espíritu, agravada la observación de Musil, aquí estamos chapoteando en la cloaca de la relativización.

Es verdad que el ser humano tiene dos pies, dos brazos y una cabeza (si no quedó tullido por alguna guerra, por la droga de un laboratorio o por un accidente), pero también es verdad que no somos todos iguales. Sin embargo, los que leen mala literatura tienen la misma cabeza vacía rellenada con más vacío. Si es que leen claro, y no les entra con los auriculares por los conductos de los oídos como un líquido bombeado desde la cloaca. Ergo, ¿son distintos?

Pero hablaba de los “Grandes Escritores”. ¿Y de dónde hablo? Desde luego, del pasado y no de la actualidad. Y sin dar nombres, porque un buen lector, de los que no quedan muchos, nunca debe guiarse por las reseñas, la publicidad ni los grandes anuncios, ni los premios, ni las cantidades de ejemplares vendidos justamente por los premios. Un buen lector, si tuvo la suerte de tener buenos maestros y asimilar sus enseñanzas, se debe valer por sí mismo: entrar a la librería, dar vueltas, ojear y hojear libros, charlar con el librero si no está escondido detrás de la computadora, preguntarle por las novedades y por su calidad, si es que lee, o recordar el consejo de un amigo que es buen lector.

En Los atributos perdidos hay un artículo de Stephen Vizinczey, El poder de la crítica literaria, en el que desarrolla con inteligencia cómo la crítica literaria, con sus laberintos ocultos, logra convertir la aparición de una novela banal en la segunda Biblia, y al autor en el segundo advenimiento de Cristo. Lo recomiendo como un escudo contra la estafa literaria.

Mi tema es otro: de cómo la jugada sucia de un escritor no sólo lo encumbra, sino cómo el chapoteo en la cloaca lo encumbra más aún y justifica el dicho del Vaticano (se probó con los curas pederastas): “No hay milagro que dure más de tres días”.

Se cuenta que allá lejos y hace tiempo, unos 15 años atrás, hubo un chanchullo con el Premio Planeta argentino, que no era el primero ni será el último. (No faltó la colaboración de Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos y el editor Guillermo Schavelzon.) Sin embargo, recordemos los 3 días. Parece que un escritor (y colaboradores), de esos que bautizó tan claramente Gaston Gallimard, fue parte de ese chanchullo y recibió 40 o 50 mil patacones de los verdes para vender su alma al diablo.

Un escritor que tal vez hubiera vendido su alma por menos llevó el asunto a la justicia: escándalos, acusaciones, difamaciones verdaderas, mientras la fama del escritor doctor Fausto se agrandaba y vendía cada vez más y mejor.

¿Interesa el fallo de la justicia? La verdad es que no tiene mucha importancia, ya que si bien le dio la razón al demandante, según el poema de Villon, nadie se enteró del peso de su traste.

Y hoy, uno de los peores escritores argentinos se considera un “Gran Escritor”, porque, vamos, se puede ser canalla o mentalmente deforme, pero hay que escribir bien o lindando lo genial.

¿Y cómo llegó ese escritor a ser un “Gran Escritor”? Según algunos, por la ceguera y el ritual académico. Según otros, entre los ciegos, los lectores que lo pueden comprar pero no lo pueden ni leer, el tuerto que ni sabe escribir es el rey. Por último, que tiene detrás al brujo Schavelzon, que practica el vudú.

Pero el factor más importante, creo, es el chapoteo en la cloaca. “La verdad, tiene algunas páginas buenas, pero… Su primera novela era soportable, pero… Digan lo que digan, no lo leerán pero vende… Mirá, hay otros peores como… y también vende… Yo no soporto sus novelas, pero sus escritos teóricos… Sí, sus libros no se pueden leer pero qué bien que habla, me fascina…”.

Y así es como va el mundo. Muchos escritores de puro berrinche  golpearán rabiosos la mesa con sus puños y aullarán furiosos: “Yo, que soy el genio de los genios, jamás recibí una oferta”.

Yo tampoco, es la verdad, pero recibí una lección bien merecida por creer un poco en la honestidad que manipulan la literatura.

Cuando recibí la mención del Premio Planeta argentino por mi novela Silver, por haberme presentado con seudónimo, Tomás Eloy Martínez, miembro del jurado, me dio una lección: “Fuiste un tonto. Si hubiéramos sabido que la novela era tuya, estate seguro que tu destino hubiera sido otro”.

Y aquí estoy, como un doctor Fausto arrugado, esperando la oferta que estoy seguro de rechazar ya que nunca me la harán.

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