Tuve pocos maestros en mi vida y, de la misma manera, podría decir infinitos, por no haberlos contado: los libros que leí, hoy un instrumento casi desvalorizado. De los tantos menos de los que me acuerdo, siempre tengo presente (y en mi biblioteca) Nuestros contemporáneos primitivos, un libro de antropología. Fue publicado en inglés en 1934, con una última edición en español en 1956. Ya no me acuerdo si lo robé en alguna librería de la calle Corrientes o lo compré, pero lo cierto es que lo leí en la época en que alguien, uno de esos maduros a quienes no se les hace caso porque uno piensa que deliran, me dijo: “A tu edad el mundo parece una pamba y el horizonte muy lejano, pero ni te vas a dar cuenta de cómo llegaste hasta ahí”.

Yo tendría unos 22 años y lo leí en las largas y calurosas tardes de verano. En esa época mi curiosidad estaba a flor de piel y como cada capítulo del libro es el estudio de una tribu (los tasmanianos, los todas, los samoanos, los esquimales, los dahome), cuando entraba en contacto con uno de ellos, la pampa parecía ensancharse y el horizonte alejarse. Viví en otros mundos, y quizá con un toque de orgullo, disfruté de los conocimientos adquiridos.

Uno de esos conocimientos sería ideal, una prueba contundente para el mundo relativizado o de relativización en el que estamos chapoteando y en el que se puede comprender, defender y perdonar incluso a los violadores de bebés. Pero en este caso se trata de un proceso menos complicado y algo mucho más simple: el color verde (o rojo, para el caso es lo mismo).

Leyendo, me enteré de que hay tribus (o las hubo, pasaron ochenta años y los caníbales blancos ya las devoraron) que sólo tienen un nombre para el color verde, el “verde”, y sólo ven ese color, cualquiera sea el tono. Y hay otras tribus que distinguen tres o cuatro verdes, pero para cada uno de ellos tienen un nombre sin adjetivar. Realmente fue como si entrara en otro mundo u otra dimensión.

Después de muchos años, o que parecen muchos, en que ya vivo aferrado del borde del horizonte para no caerme, sigo asombrándome de otros mundos (en realidad, modas) que llegan, pasan y/o de los que, empantanados, mueren en ellos. Podríamos hablar del estructuralismo, del feminismo o de cualquier otro ismo que, francamente, mientras miro y mido la profundidad del abismo, me importan un comino.

Lo que sí me importa (y esto es un poco más que orgullo, casi soberbia, vamos, no es más que una modesta y auténtica autoestima) es esta curiosa repetición de la ceguera al verde de otras tribus. Recordé el color verde cuando, invitado por un amigo, asistí a una conferencia de una monja dominica declarada feminista por la gracia del Señor. Expondría en parte de su tesis doctoral: “Si Jesús puede ser Él, ¿por qué no puede ser Ella?” La verdad, no comprendí mucho ese hocus-pocus-focus teologal, pero presencié una deliciosa discusión final.

 La monja se acercó a mi amigo, presidente del colegio dominico y de origen húngaro como yo, que conocía muy bien la lengua, no como yo, debilitado. Le pidió si le podía hacer el favor de traducir la tesis a ese idioma para poderla en alguna revista de teología en Hungría. Mi amigo sonrió y le dijo: “Yo lo haría con mucho gusto, doctora, pero es imposible traducirlo; en húngaro no existe el género”. La monja: “¡Miente!” “No miento, es así. Yo no diseñé el idioma.” La conversación era en inglés y, furiosa, la monja le espetó la ya famosa frase feminista escrita en piedra:   “Male cauuvinist pig”, y desapareció furiosa.

Un poco sorprendido, le pregunté a mi amigo: “¿Hablás en serio?” Se rió: “A ver, ¿cómo dirías en húngaro él y ella?” Pensé y, sorprendido, sólo encontré una palabra para las otras dos.

Tuve que estar cerca de la línea del horizonte para tomar conciencia de algo que supe toda mi vida. Recorrí todo lo creado en el universo húngaro y no encontré el género en nada. También descubrí que no existían los verbos ser y estar. Con satisfacción me reí de los infinitos estudios, artículos y libros sobre el tema “género”, intraducibles al húngaro. Es un poco dificilillo hablar con solidez sobre lo inexistente.

Por primera vez en mi vida vi el color verde de otra tribu y estoy en éste.

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