Me di cuenta de que el deseo de venganza con la expresión “ojalá te mueras”, aunque ocurra como ocurrió con mi detestable y odiada cuñada, a pesar de la inmensa alegría que me dio la noticia luego de tres años de su deceso (mi familia y yo vivíamos en otro país), el placer no duró el tiempo que esperaba y pronto reventó como una pompa de jabón para pasar a la rabia y a la frustración al darme cuenta de que mi cuñada, viajando cómodamente en el más allá, ignoraría completamente esa alegría.

Por supuesto, no vale la pena explicar el porqué de mi odio ni el porqué de las fantasías que tuve respecto de ella antes de que desapareciera de la faz de la tierra. Desde hacerla reventar a golpes por matones, quebrarle las dos piernas (si fuera posible, cortarlas) hasta empalarla y colgarla en el balcón como una bandera.

Nada de eso ocurrió. Muerta, todo se terminó.

Me acordé de una novela que había leído hacía tiempo: Escupiré sobre vuestra tumba. La novela me inspiró buscarla. Además de escupirla, podría desenterrarla, desparramar sus huesos y, con un sepulturero, por unos pesos, mandarlos a la fosa común.

Busqué al albacea, un abogado encargado de su testamento al que me dirigí para ubicarla (dicho sea de paso, fue el albacea quien la heredó, ni mi esposa ni mis hijos), y que consideraba a mi cuñada una bellísima persona, dulce y tierna, cumplió al pie de la letra el deseo de la maldita muerta: incinerarla y desparramar sus cenizas en el río de la Plata.

Sin que yo le preguntara, tal vez por sentirse un poco culpable (¿los abogados sienten culpa?), para justificar el legado de mi cuñada, me contó que murió de un cáncer contra el que luchó durante un año, y que sus últimos tres meses fueron terribles: la metástasis llegó hasta sus huesos y no había morfina ni medicamentos más poderosos que la calmaran. “Y como la eutanasia en nuestro país no existe, usted sabe que la Iglesia…”.

“Benditos sean el Señor y la Iglesia”, se me escapó en voz muy baja. “¿Cómo dice?”, me preguntó.

“Nada, doctor, nada. Créame, me hizo feliz y no le guardo rencor por haber heredado nuestro dinero robado por segunda vez. Y le juro que no deseo que se muera.”

Lo dejé con la desagradable sensación de que fue ella la que se vengó.

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Una Respuesta to “Ojalá te mueras”

  1. m. a. dice:

    Excelente cuento. Breve e impactante.

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