princesa

Érase una vez una niñita bella como una princesa, graciosa y increíblemente  bondadosa pero muy inocente, poco preparada para la vida en el mundo en que vivimos.Ésta es la historia de cómo aprendió de los mayores gracias a una perra y sus bebecitos y, perdida su inocencia, vivió feliz el resto de sus días.

Como os podéis imaginar, la niña no estaba sola en este mundo. Tenía algo tan anticuado para los días que corren como una familia compuesta por un padre, una madre, un hermanito menor y una abuela. Al igual que muchas abuelas, la abuela era vieja, tenía muchas arrugas, tantas como experiencia, y sus cabellos eran muy blancos, pero sus ojos relucían como dos estrellas, dulces y cariñosos, cargados de amor.

De un país lejano, más allá del Magreb, la familia, que era pobre pero digna, había emigrado a un país del Norte, un poco frío, pero de gente muy amable y variada, de pintorescos colores.

Todos aseguraban que era una especie de paraíso donde era fácil comprar cosas, y así lo probaban las estadísticas. Quizás vosotros no sepáis qué son las estadísticas, mas pronto lo aprenderéis. Como otros países, si no un rey, poseía una reina encantadora, casi un hada. No se sabe exactamente por qué, si porque no tenían dinero para ponerla en un hogar de ancianos como se acostumbra hoy, especialmente en el país del Norte, o por cuestiones culturales o porque la querían mucho, habían llevado a la abuela con ellos.

Para que los hijos crecieran sanos y tuvieran un lugar donde jugar al aire libre, alquilaron una casita en un barrio suburbano que se llamaba «exclusivo», o «ejecutivo». Era una casita muy bonita, primorosa, como las otras doscientas que había allí. Y como las otras, tenía un jardín precioso al frente.

Olvidémonos del largo invierno del país para quedarnos con la primavera y el verano, meses en los que ocurrieron los principales acontecimientos de esta historia. En el jardín del frente, un jardín maravilloso con un árbol de hojas de plata y florecillas multicolores, con su hermanito y vecinitos, jugaba la niña a la que llamaremos Princesa, ya que si no lo era, bien merecía serlo. Prueba: si no era con veinte colchones y edredones, no podía dormir cuando sentía un guisante a través de la sábana.

Todo estaba animado, todo era vida para ella. Siempre se reía feliz. Se reía cuando ráfagas bruscas de viento bajaban al jardín y le revolvían el pelo dorado que, si bien era negro, nos lo podemos imaginar de color oro. Ofrecía su carita a las ráfagas y abriendo sus bracitos se reía. Reía a la luna, daba saltitos para alcanzarla, la llamaba. No le importaba si pasaba de largo sin saludarla, ella se reía y se reía. Algunos días el cielo se oscurecía; a pesar de los truenos que la asustaban, danzaba bajo la lluvia. Preguntaba por el sol; se reía cuando volvía a asomar. Miraba asombrada la inmensidad del cielo azul y quería saber dónde terminaba. Y, como el aeropuerto estaba cerca, cuando pasaba muy bajo un avión trazando una estela gris, se ponía seria y decía: «Papá, mamá, ¡mirad!, el avión ensucia el cielo».

Como su hermanito con algún vecinito les tiraban piedras a las ranas del jardín, ella hacía lo mismo. La mamá le explicó que las ranas eran buenas y que se comían los bichos malos. La abuela agregó: «Son útiles». La princesa dividió su universo; les llevaba bichos malos a las ranas buenas, que gentilmente se lo agradecían. En esta tarea le ayudaban las ardillitas y las lauchitas, con las que hablaba con naturalidad y, a cambio de la ayuda, les daba los cacahuetes y el queso que le pedían. Si no creéis que esos animalitos hablan, sois unos descreídos y no mirasteis películas de Walt Disney. Os aconsejo que lo hagáis para ver cómo se dibuja la vida feliz y adquiráis un poco de fe y optimismo.

Su hermanito y los vecinitos eran unos pícaros que destruían las plantitas y las florecillas con las que la princesa también hablaba. Las defendía contra la maldad y era ella quien recibía sus golpes. No los odiaba por eso, es más, llegó a querer al hermanito el día en que éste le dio su juguete favorito para consolarla de una caída. Para que sepáis, las princesas también se caen, y muchas veces dan malos pasos.

Y un día ocurrió un milagro. Y no podía ser menos en un país donde hay una reina. Quizá no fuera ella la que lo produjo, sino un hada madrina, pero lo cierto es que en el jardín, una mañana, apareció un perrito. Orientado por sus gemidos, como si hubiera nacido allí, la princesa lo descubrió debajo de unas plantitas.

¡Qué contenta se puso! Batió palmas, bailoteó, corrió a buscar leche en un plato. Lo acarició mientras la bebía y en agradecimiento, el perrito, simpatiquísimo, graciosísimo, lanudo, una bola plateada, le lamió la mano; era natural para una princesa recibir ese homenaje. Le habló, pero el perrito todavía era menor de edad. Agrandando su universo encantado, lo consideró suyo y decidió defenderlo contra la maldad del hermanito, los vecinitos y el mundo entero. Aunque no lo tuvo que defender contra la maldad de la abuela, sí contra sus costumbres culturales, porque ella dijo que los perros tienen que vivir en su casilla y no dentro de la casa, además, que era una boca más para alimentar. La madre, como una verdadera y abnegada mujer, dejó la última palabra a su marido, que adoraba a la princesita. Éste, después de someterlo a una rigurosa inspección, descubrió que era una perra. Por su adorada princesa, la aceptó igual. La princesa batió palmas y, habiéndola visto por la televisión visitando niños pobres y enfermos, sensible a tanta bondad y cariño, pensando que la perrita era una princesa encantada que se transformaría con un beso, la bautizó Diana. Hubo más problemas; las perritas tienen muchos perritos y, ¿qué harían con ellos cuando vinieran? El padre, por los compañeros de trabajo, además de enterarse de que en el paraíso los animalitos, criaturas de Dios, eran parte del proceso de socialización de los niños, se enteró de otras costumbres culturales: allí se esterilizaba a los perros y perras. Costaba cien dólares, cuatro cuotas de un televisor. Era mucho dinero para ellos. Una vez más, se manifestó la bondad y la sabiduría de la abuela. Señaló que si todos los perros de ese mundo eran estériles, no veía cómo podrían fecundar a la perrita. La observación sabia se impuso y así la dejaron.

Pasó el verano y llegó el otoño, que en ese paraíso era alegre, y se vistieron los árboles de vestidura multicolor. Los árboles perdieron su ropaje y llegó un hermoso y blanco invierno del que dijimos que nos olvidaríamos, pero aprovecharemos su paso para completar esta historia.

A las tierras a las que había llegado la familia también se las llamaba Tierra de las Promesas y Oportunidades, a las que sólo había que encontrar. Todos los días, el padre, que tenía mucha fe en esa tierra y en el futuro, se levantaba temprano para ir a trabajar en el autobús y para, sin perder la dignidad, salir del estado humilde y pobre, pagar el televisor en colores que habían comprado en cuotas y poder comprar un auto. La madre también buscaba trabajo, pero, según las estadísticas, había pocas oportunidades para ella. Para colmo no tenía ningún título profesional, y salvo alguna que otra limpieza en una casa más grande que la de ellos, no conseguía gran cosa.

Pero todo esto, como vosotros os podéis imaginar, no tenía importancia. Lo importante, como todo el mundo sabe, es la familia, la dulce armonía del hogar. Cuando el padre regresaba por la noche muy cansado por su misión cumplida, y mientras cenaba la comida preparada con amor, rodeado por su querida familia, sentía el calor del hogar y la ternura de sus hijos, que, por no poder jugar en el jardín o jugar muy poco por el frío, especialmente el hermanito de la princesa, chillando, pedían permiso para ver la televisión.

Con una sonrisa comprensiva, indulgente, ya un poco al tanto de las ideas de esas tierras, la tolerancia y la aceptación de los deseos de los otros, premiar y no castigar, y como el daño que decían que hacía la televisión no estaba probado científicamente, para que dejaran de chillar, el padre lo concedía. Así, tranquilo, podía tomar la segunda lata de cerveza, otra costumbre cultural del mundo en que vivían. Le ayudaba a dormirse, para, como buen servidor de la reina, poder levantarse temprano.

Y volvió la primavera. Los árboles se vistieron de verde, así como la bella alfombra del jardín en el que las plantas y las hermosas flores emitían perfumes embriagantes que cargaban el aire con sabor a miel. Y como un alegre mentís a las sabias observaciones de la abuela, ocurrió otro milagro.

Sí, la abuela no podía saber que en el paraíso había muchos seres solitarios que necesitaban compañía y no todos los perros estaban esterilizados. Diana había crecido y ya jugaba y dialogaba con la princesa. Sin embargo, se quedó en silencio y muy quietecita cuando un perro enorme, como si por fin encontrara a alguien semejante, entusiasmado, se puso a jugar con ella al salto de rana que nunca podía completar, y tal vez desalentado por el fracaso, se quedó abrazado a Diana con movimientos que sólo remedaban los saltos.

El hermanito y dos vecinitos, uno negro y otro amarillo, contemplaban el espectáculo, tratando de asociarlo con películas educativas que habían visto por la televisión.

Pero la princesa, muy preocupada por los gemidos de Diana, preguntó a la mamá: «Mamá, ¿qué le pasa a Diana?». Heredera de culturas perimidas, a la madre se le enrojecieron las mejillas, pero como ella también había visto las mismas películas, dijo: «¿A Diana?… Nada, nada… Está haciendo el amor». «¿Para?» «Y… para tener bebecitos.» «¿Como mi hermanito?» «Bueno, igual no. Va a tener perritos.» «¿Los llevará en la pancita como vos a mi hermanito?» «Y sí.» La princesa batió palmas y dando saltitos quiso saber: «¿Y cuándo nacerán?» «En primavera.»

Queridos amiguitos, mientras esperamos la próxima primavera, durante el invierno trataremos de conocer un poco más a la dulce abuela. Así comprenderemos no sólo el porqué de su reacción frente al nuevo miembro de la familia, la perrita, sino también los acontecimientos futuros.

Además de dulce y tierna, la abuela era muy económica, cosa de la que ya os habréis dado cuenta. Con su sabia experiencia (no por nada pasó tiempos crueles la pobrecita), a pesar de no saber mucho de estadísticas y sin tener doctorado en matemáticas, sabía multiplicar. Cuando el padre de la princesa, coherente con la costumbre cultural del paraíso, pasó de dos latas de cerveza a beber cuatro cada noche, utilizando un lápiz multiplicó el precio de una lata de cerveza, $1,20, por 4 (vosotros, más dinámicos, usando la calculadora, también lo podéis hacer para participar en la historia), y a la cifra que resultó por los 365 días del año, le agregó un cero de 10 años. Escribió el total con números muy grandes en un papel, y poniéndolo debajo de la nariz del padre, le dijo tierna, suave y dulcemente: «Mira, te estás bebiendo el futuro. Así nunca comprarás el auto».

Con un «hip» y los ojos semicerrados de cansancio por el duro trabajo, bajándose el fondo de la cuarta lata, el padre sonrió agradecido ante la previsión de la abuela y se preguntó enternecido si ella viviría diez años más.

Y otra vez llegó la primavera, estación en la que ocurren las cosas más bellas de este mundo; además de lo que ya dijimos sobre los árboles y las flores, regresan los pajaritos que pían alegremente, las cigarras, las hormigas y las abejas se ponen a trabajar para prepararse para el futuro invierno. Ese año, también año de encantos y milagros, hasta crecieron nenúfares en el jardín de la princesa. Quizá vosotros no sepáis qué son los nenúfares, pero os aseguro que yo tampoco. Lo que sí sé es que aparecen en muchos cuentos de hadas.

Nacieron los perritos. ¡Cómo se reía la princesa! Llena de dicha, agitaba los bracitos, bailoteaba, corría de un lado para otro y frente a la perrera, los contaba: «Uno, tres, seis, quince». «No, no: uno, dos, tres.» En total eran diez. «Mamá, abuela, que se caen afuera» y los volvía colocar. «Uy, uy, pobrecito, no encuentra la teta»; los acomodaba, ayudaba a los bebecitos mientras la perra le lamía la mano. Ella se reía y acariciaba a la perra. Todo el mundo, en cada momento, estaba al tanto de la situación en la casita de Diana.

Pero, ¡ay, la vida!, ¡cuántos problemas! Si el presupuesto de la familia podía alimentar a la perra con las sobras, no sería lo mismo con diez perritos. El padre averiguó en el trabajo que en el paraíso organizado había una institución piadosa llamada Sociedad Humana que se ocupaba de toda clase de animales, y que, por la módica suma de $10 por cada perrito, sin dolor, los hacían dormir para siempre. La abuela no necesitó ni papel ni lápiz para sacar la cuenta y decir: «¡Noventa dólares! Es una fortuna. Una locura. Yo me encargo».

Y la dulce abuela, preocupada por el bienestar y la economía de la familia, siguiendo las costumbres culturales de su tierra más allá del Magreb, buscó, buscó y buscó pero no encontró el tubo de ventilación del pozo negro. Y, por más cálculos que hiciera, encontró demasiado estrecho el paso por el inodoro.

Una tarde la madre trajinaba en la cocina. Demasiado silencio: los chicos debían estar haciendo alguna diablura. Sale a buscarlos.

Los ve. Los vecinitos y el hermanito en cuclillas observan con atención a la abuela; la princesa, seria y tensa, también. No comprende: «¡¿Qué haces, abuela, qué haces?!» y, temblando, aferra la muñeca de la abuela, que, muy nerviosa, la aparta. La princesa se cae y se echa a llorar.

La abuela coloca al último perrito en el balde de agua cristalina. El perrito se hunde, burbujas, y vuelve a flotar. La abuela levanta el ladrillo que había preparado. La princesa deja de llorar y ahora de rodillas, fascinada, sigue el desplazamiento del ladrillo.

Suavemente, para que no salpique, la abuela baja el ladrillo hasta el nivel del agua y lo suelta sobre los perritos, que agitan las patitas. Una vez más, los vecinitos y el hermanito, recordando lo que habían visto por televisión, encuentran algo familiar en la escena, pero no, no es tan real, faltaba, no sabían qué, tal vez un poco de sangre.

El ladrillo se hunde lentamente, el agua lo cubre.

La princesa pega un grito y se lleva la mano a la boca. La madre llega, pero tarde.

El hermanito y los vecinitos bostezan aburridos y se van.

Desde aquella tarde la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Nadie lo sabe, la princesa no se ríe, ni bailotea de felicidad, ni responde a las preguntas. La madre está muy preocupada, se lo comenta al padre, que cuando escucha el comentario abre la quinta lata de cerveza. Y a la abuela, que responde: «Francamente no sé por qué haces tanto lío. Qué te preocupa. No hay mal que por bien no venga. De esta manera la princesita irá conociendo el mundo y sufrirá menos cuando sea grande».

Amiguitos, tal vez habréis pensado que la abuela se equivocó al contar los perritos y sacar sus cálculos. Pero no. Había quedado un perrito para una vecina que también venía de más allá del Magreb, y que, conociendo las costumbres culturales de allá, prudentemente lo había solicitado cuando vio embarazada a la perra. «Siempre conviene dejar uno –comentó la abuela enternecida y sensible a los problemas femeninos–. Así le dolerán menos los senos a la perra. Además, la amada princesita tendrá con qué divertirse.»

Pasaban los días. Un día nublado. La madre planchaba frente a la ventana de la cocina. Escuchó la risa de la princesa. La madre sonrió contenta; la princesa volvía a reír. Mira por la ventana. Sentada debajo del árbol de hojas plateadas, la princesa balancea su cuerpo, adelante, atrás, adelante, y se ríe. Los vecinitos y el hermanito, parados cerca de ella, observan algo y comentan.

La madre deja la plancha. Sale de la cocina, cruza el jardín y se acerca a la princesa, que se seguía riendo. «Princesita, ¿de qué te ríes?»

No podía hablar, tanto se reía; cada vez que intentaba responder, su labio superior se arqueaba hasta mostrar el canino. La madre les pregunta a los niños. Ellos se lo señalan. La madre mira: real, muy real, el pequeño cuerpo cubierto de sangre y al lado el ladrillo.

Pasaron los años y la vida continuó. Cuando la abuela envejeció demasiado y en su cabeza se confundieron la suma con la multiplicación, con la ayuda del bienestar social del mundo en que vivían y sus costumbres, a pesar de las seis cervezas, tuvieron dinero para ponerla en un hogar, si no especializado en abuelas, sí en ancianos. La abuela murió. Su muerte no fue triste. La enfermera les contó a los padres que con su último aliento vio salir su alma, y que la recogieron dos ángeles que la llevaron al verdadero Paraíso donde un día se reencontrarían todos.

Los gastos del entierro fueron no pocos, pero con una boca menos que alimentar lograron comprar un auto y, siempre dignos, vivieron como alegres consumidores. Pensaban que cuando lo terminaran de pagar, con la ayuda de Dios, porque eran buenos y creyentes, o con la del banco, más útil y eficaz en ese caso, podrían comprar una casa.

Y así, aprendida la lección, perdida la inocencia, cuando la princesa creció, sin preocuparse por lo que tenía en la cama, o quizás, en vez de guisante algo más rudo, mejor, vivió muy feliz hasta su muerte. Si se casó o tuvo un perro, no lo sabemos.

Pablo  Urbanyi

Una Respuesta to “De cómo se enojan las princesas”

  1. Martin dice:

    El cuento me parece un hallazgo: al dejarse llevar por ese tono de cuento infantil, al principio, la lectura genera entre desorientación y risas, es decir, atrapa. Luego, poco a poco, creo hay un pasaje hacia lo perverso que está muy bien logrado. El tono de felicidad obligatoria, esa particular distancia que le imprime el narrador a lo que se está contando, acentúa lo siniestro. Esa mezcla me parece original, y funciona muy bien. Original, digo, en literatura, porque, a veces, parece que vivimos en una sociedad en donde funciona la lógica de la felicidad obligatoria, como si estuviéramos obligados al goce. Y eso se vuelve siniestro: el goce es arbitrario, desde que se vuelve un imperativo pierde su parte de satisfacción

Deja Un Comentario

(necesario)

(necesario)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

© 2011 Pablo Urbanyi Sitio Oficial Suffusion WordPress theme by Sayontan Sinha