Estas anotaciones breves, traídas de una página que he dejado de cultivar, algunas de una década o más, no parecen haber perdido su actualidad, como un diario que se terminó de leer con el estómago revuelto. Es más, por las trapisondas de algunos intelectuales, han adquirido la misma firmeza de la roca que los mitos que sostienen a esos intelectos, un ramillete de escritores, poetas o lo que fuere.

Titular leído en El País:

Daniel Sada asombra a la literatura hispana con una novela de 90 personajes y 650 páginas

Carlos Fuentes y Álvaro Mutis, entre otros, consideran la obra una revelación para la literatura mundial

Una novela “que se toma o se deja”, según Poniatowska

Reflexiones: creo que ya se contaron los personajes de las novelas de Balzac, las correcciones de la primera prueba de página de Cien años de soledad (ver más abajo) y las palabras de El Quijote, tanto diccionables como no. Nada de esto cambió esas novelas. En consecuencia, ¿es legítimo preguntarse en qué consiste el mérito de que la novela tenga 90 personajes, ya que bien podría tener 89 o 91? ¿Con 89 tendría menos mérito y con 91 más? La cantidad de páginas depende del tipo de letra y el tamaño de la hoja. El único mérito de la novela (hasta ahora) parece ser lo que dijeron Carlos Fuentes y Álvaro Mutis de quién no leí nada y quién se sumará a tantos otros a los que tampoco leí como ellos no me leyeron a mí.

Pero sé que Carlos Fuentes cada año descubre un Ulises, una Ilíada o cualquier otra novela totalizadora que terminaron en meteoritos que pasan porla Tierra cada mil años.

El comentario de Poniatowska es delicioso y tiene un ligero tufillo a estilo norteamericano: «Ámalo o déjalo», «Vive o muere». De todas formas, es una observación filosófica que se puede seguir meditando toda la vida.

 

Golpear las botas con el latiguillo

Creo que en alguna parte hablé de la novela histórica y de cómo los/as escritores/as, con las técnicas más variadas, como un comerciante milagrero que aparenta sacar agua de la piedra, logran sacar sangre y vida de los huesos, cenizas, sombras y tumbas de los personajes históricos. Fueran los que fueren, hombres, mujeres, artistas o asesinos, todos son buenos para estrujarlos con la prensa de la modernidad en una retorcida puesta al día. Si bien considero que de calidades hablando la novela histórica siempre estará un paso o varios detrás de cualquier novela, ya que no hay ninguna que no cuente una historia. Algunas tienen la virtud de crear polémica, cosa saludable para el intelecto, hoy por hoy, bastante enfermo.

Claro que ciertos detalles de la polémica denuncian su pobreza íntegra. Una sería el problema de la tergiversación y de la pretensión de exactitud, ya difícil de por sí como hecho histórico «real» en una obra de ficción. La otra sería un detalle de patentes. En una entrevista que le había hecho Máximo Soto, María Esther de Miguel se lució: «No hace mucho, en una novela leí que la autora había escrito: ‘El general Urquiza golpeaba sus botas con el latiguillo’. Cuando la encontré le dije: ‘¿Sabés que eso del latiguillo es un invento mío?’”

Además de aconsejarle a María Esther de Miguel que no pierda tiempo leyendo obras malas, sin que nos importe si Urquiza se golpeaba las botas con el latiguillo o no, María Esther hubiera tenido que patentar con retroactividad su invento, porque golpearse o golpetearse las botas con latiguillos o fustas es una idea que le robaron desde los cosacos de las estepas hasta los tenientes y capitanes del imperio austro-húngaro, los húsares, incluyendo a los SS.

 

Polución mental o la decadencia en acción

La verdad es que en este caso no importa el traductor, ni la editorial (ya sabemos qué son y de qué son capaces), ni el que epilogó el libro. O tal vez sí, veremos. Lo que importa es el libro editado, El extranjero, de Camus, un escritor con una triste falta de humor.

¿Nueva traducción? No viene al caso. ¿Condenamos el exceso de lo visual y retrocedemos cien años resucitando costumbres perimidas? La nueva edición está ilustrada, y no por Durero, como se podría suponer. No es El Quijote, es El extranjero, que posiblemente, por la cantidad de semianalfabetos, con las ilustraciones venda más.

A la decadencia que acabo de describir se suma otra: la reescritura de las obras y los cuentos clásicos. Walt Disney no vivió en vano.

Pero hablé de vender: para que venda más todavía, en vez de prologar, como suele hacerlo, esta vez el señor Mario Vargas Llosa lo epilogó. Lamentablemente el concepto de polución mental no está claramente estudiado ni definido. Pero, cuando de intelecto e intelectuales hablamos, de prólogos o epílogos, de notas, de charlas, de lecciones de moral y libre mercado, Vargas Llosa suele estar muy presente. Entiende de todo, desde erótica y política, hasta cocina y  jogging, pero no de la polución mental que genera.

 

Versiones

¿Cuántas versiones se pueden tener de una historia? Temo que infinitas. Otras tantas parecen tener, incluido el tiempo de su creación, el hambre que padeció el autor y su familia para terminarlo (por la gloria, supongo), los rechazos de las editoriales, las pruebas de página con la cantidad de correcciones contadas y documentadas, según el autor de Cien años de soledad. El lector puede elegir a gusto.

Para la literatura, ¿tiene alguna importancia lo antedicho? Exactamente lo mismo que la falta de los originales de El Quijote: absolutamente ninguna. Pero sí la puede tener para el precio por el que se vendan las pruebas de página.

Entonces, ¿qué tiene importancia? Esto: «Hubo una vez, allá lejos y hace tiempo, tres mosqueteros modernos, paladines del pueblo, que en vez de estar al servicio del rey o la reina, estaban al servicio del pueblo. Para servirlo mejor, además de escribir obras revolucionarias, viajaban por el mundo, daban cursos y conferencias y nosotros, el pueblo que creíamos ser, embobados, seguíamos sus pasos, escuchábamos y, sentados, embelesados por sus historias, esperábamos el Paraíso”.

Hasta que nos dimos cuenta de que sus historias no eran más que versiones o variaciones de Caperucita Roja.

Sin embargo, tontos, seguimos escuchando.

Y ellos, al decir de Luis Goytisolo, siguen viajando con la categoría VIP. Eso sí,  siguen escribiendo para el pueblo por la democracia y la libertad, o contra los dictadores, en esta cárcel globalizada.

Posdata: y sobre la memoria, hasta que olviden el tema o pase de moda.

 

Premios literarios

No hay escritor que no sepa que los premios literarios más importantes y suculentos, aquellos que no pueden ser declarados desiertos, están prostituidos. Que a la mesa del jurado se sienten los patrones-esclavos es más bien una garantía de corrupción que de honestidad.  Del Premio Planeta de cualquier país no vale la pena hablar. Enla Argentina, con la colaboración de Ricardo Piglia, escritor, de quien, como de todo escritor, se supone que lleva la antorcha de la ética, rindió un examen perfecto.

Y llegó el Alfaguara. ¿Por qué no suponerlo honesta? Dejamos de lado las banalidades periodísticas de cómo se viste, qué come, cómo se peina el autor o la autora premiado/a y en las que naufraga no sólo la obra, sino el sentido de la literatura. El último premio, 2001, le fue otorgado ala Poniatowskapor una novela, no podía ser menos, que se definiría como de amor. Esto es coherente con la canción de los Beatles que dice «Lo único que le falta al mundo es amor»; pongámoslo en las novelas, entonces. Y lo encontrará en la novela dela Ponitambién.

Pero con una declaración de Antonio Muñoz Molina (dicen que es un escritor que escribió muchos libros, muy traducido probablemente demasiados), que asegura que: «Es una hermosa novela que ha sido elegida limpiamente hasta el final», el escritor andaluz insistió en la transparencia de las deliberaciones.

Vulgarmente esto se llama «abrir el paraguas antes de que llueva». Y políticamente se podría considerar (así ocurre en política) que el tren va en sentido contrario; que la novela no es hermosa (no es más que un juicio para la venta); que ha sido elegida suciamente; que las deliberaciones fueron oscuras.

Yo no aseguro que sea así. La única prueba que tengo son las declaraciones del escritor andaluz, emitidas antes de que alguien acusara ¡públicamente! el proceso de la selección del jurado. Dicho de otra manera, la embarró y embarró todo el premio hasta el día de la resurrección.

Quedan algunas preguntas por responder: ¿cómo es que en general casi siempre ganen escritores famosos que tendrían que estar fuera de concurso?, ¿cómo es que participan de ese negocio escritores dizque de izquierda, portadores de la antorcha ética, como Saramago y Semprún? Y por último, ¿cómo es que cada año participan de la comparsa unos 600 escritores  enanos para sostener esa corte de elegidos?

Pero, por lo menos, aquí va una gran verdad: luego de participar dos veces, una de ellas pedido por Alfaguara de México, renuncié a participar como enano de la corte.

 

Avisos

El aviso de Ernest Shackleton para la expedición Imperial Trans-Antártica de 1912 decía así:

«Se necesitan hombres para una expedición peligrosa. Salario bajo, frío glacial, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, el regreso íntegro y sano es dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito».

No cabe duda de que en la actualidad posmoderna el aviso de Shackleton rezaría así:

«Se necesitan miembros para una caminata aventurera. Bajo costo, panoramas frescos, noches divertidas, un sinfín de placeres, seguro contra todo riesgo opcional. Su foto en la revista Aventura está asegurada».

Ahora tampoco cabe ninguna duda de que a una mente norteamericana, partir como partieron los tres mosqueteros y D’Artagnan a Inglaterra (sin seguro, sin American Express o una miserable Master Card), en busca de los herretes de diamantes que en un momento de debilidad Ana de Austria le había regalado a Buckingham, le parecería que en vez de héroes valientes era una banda de aventureros fuera de la ley o una especie de retardados mentales irresponsables.

 

¿Es posible? 

Sé que el Gran Filósofo Sartre, no sé dónde, dijo o escribió que el chisme entre, o más bien, sobre intelectuales, es parte de la sal de la vida. Es probable que sea así, y con más razón si el chisme tanto puede corresponder a la verdad como no. Sin embargo, algunos chismes, y sobre todo sobre los intelectuales, quienes en vez de modelo son el antimodelo de la humanidad, revuelven el estómago.

¿Será verdad este chisme?

Se dice que hace un tiempo no muy lejano y casi insignificante para la historia de la humanidad, el Gran Escritor Carlos Fuentes le dio una entrevista a una chica norteamericana que estaba haciendo una maestría sobre su obra, más Grande que Él.  Se separaron amablemente, la chica le dio las gracias y a la semana recibió la factura por el tiempo de la entrevista.

Estamos seguros de que el Gran Escritor no quiso, de ninguna manera, robar a la chica, sino que, como era gringa, y los gringos y las gringas, por más que los estudiantes a veces se mueran de hambre o se suiciden, tienen la plata y el poder. En otras palabras: lo que el gran escritor le envió a la gringuita no fue una factura, sino un obusazo en el centro del poder que siempre ataca con su pluma.

 

¿Otra vez? ¿Maradona? ¿Y qué más?

Una amiga lejana me quiso hacer un favor. Me mandó la dirección de Internet de un diario argentino en el que una serie de intelectuales escriben sobre el ilustre personaje tan nuestro como el llamado Maradona. Y debajo anotó: “¿Qué te parece ocuparte de este personaje en tu página?”

Le respondí:

“De ese personaje no vale la pena ocuparse. Ya está muerto hace rato y todavía no nos enteramos ni lo enterramos, cosa que, por otra parte, es bastante frecuente en nuestro querido país, donde los vivillos-muertos parecen gozar de buena salud y nunca paran de gritonear. Por los artículos que leí sobre él en la dirección que me mandaste (con esos estúpidos pro y contra o ni esto ni aquello, seudodiscusiones y opiniones con las que formamos ruedo y jugamos a la democracia), puedo sacar la conclusión de que a alto nivel intelectual sólo se ocupan de él los que tienen una necesidad patológica de figurar y no tienen otra cosa que hacer en sus vidas. Y, lo quieran o no, inevitablemente se parecen a él”.

Esto es todo lo que se me ocurre decir. Y tal vez sea demasiado.

 

Nuevo método

Ante los serios conflictos que suelen causar el otorgamiento de premios literarios a las novelas (tráfico de escritores, lo llamaron) o el rechazo de las editoriales o de las agentes literarias de los manuscritos presentados, con la colaboración de Anderson Consulting y Gallup se ha diseñado un método absolutamente infalible para la selección de novelas de calidad y de gran venta.

El método es increíblemente simple, como todo lo genial. Se lo llamó «El jurado del método políticamente correcto». Consiste en reunir a diez personas con insuficiencia psíquica y mental congénitas (también conocidos como oligofrénicos) y a diez con desarrollo mental anormal (también conocidos como mogoles). El número diez, por supuesto, es arbitrario, y en este caso se lo utiliza para explicitar el modelo. La cantidad a reunir va a depender de los manuscritos presentados, ya sea para los premios o en las editoriales.

Se ubicará a estas personas en un salón, y al primer grupo se le entregará un manuscrito a cada uno. Se quede enganchado en la lectura o lo tire a un costado, se lo entregará al segundo grupo. Las novelas que sean leídas íntegramente por los integrantes del primer y segundo grupo y no tiradas, serán las premiadas o publicadas o tomadas por los/las agentes literarios. Todo dependerá de la finalidad de la selección.

Mayor justicia imposible. La única crítica u objeción que surgió contra el método (nunca falta un amargado o un pesimista) fue que, ante la cantidad y calidad de escritores actuales, los libros seleccionados serían demasiados.

 

Serás lo que debas ser, o si no no serás nada

La frase que encabeza esta Breve la aprendí en la escuela primaria, en épocas en que me enamoraba de cada una de mis maestras. Es notable: ahora que lo pienso, nunca escribí (ni escribiré) ninguna novela de amor, de amores imposibles para los que frente a su maestra uno tenía que crecer para alcanzar su edad y poder hacer algo más que juguetear debajo del banco. Para cuando se llegaba a esa edad, tanto yo como los otros enamorados ya estábamos lejos, y si volvíamos a buscar a nuestro viejo amor, encontrábamos que esas maestritas frescas con las mejillas rosadas ya estaban viejas, jubiladas o muertas. Tampoco se me ocurrió escribir una novela o un cuento lleno de ternura sobre… las maestras ancianas o los amores perdidos, ternura que por su carencia abarrota las novelas actuales hasta las náuseas.

La frase, no muy clara, se atribuye a nuestro glorioso general don José de San Martín, libertador de las Américas.

Sin embargo, tarde o temprano llega la edad de la sabiduría o de la imaginación. No me cabe ninguna duda de que la frase tiene una aplicación excelente a la literatura actual, digo, la que se vende. Hago un modesto intento de pergeñar una lista.

En primera línea están los psicólogos y psicoanalistas que creen saberlo todo sobre el ser humano aunque en general no curen a nadie, ya que el que lo hace, lo hace por sí mismo. En segunda línea podríamos ubicar a los profesores de literatura que, a pesar del decir de Borges (que no saben nada de literatura), poseen un título que los habilita no sólo para enseñarla, sino para ser expertos en escribirla. La combinación de periodista y escritor suena muy bonita y se termina por no ser ni lo uno ni lo otro. Nadie falta en este baile; médicos, dentistas, diplomáticos, dibujantes, abogados, escribanos, locutores de radio o televisión se sienten súbitamente inspirados por las Musas (o van en busca de ellas) y con la edición en papel destruyen bosques impunemente.

Conclusión: la sentencia del general don José ha adquirido claridad pero se ha invertido un poco: ahora no eres nada, ni lo que deberías ser.

 

El testimonio como verdad: yo, yo, yo

No tengo ni la más mínima idea de cómo ese testimonio típicamente religioso (Testigos de Jehová, los Corderos del Buen Pastor y muchas sectas norteamericanas nuevas) de la confesión pública o el relato de un milagro o de una simple anécdota para testimoniar el encuentro de la verdad y la conversión a una religión se ha filtrado a las declaraciones o entrevistas o artículos de los escritores que no confiesan ser Dios, pero sus almas sonríen con afecto el pensar en ellos mismos.

Pienso que uno de los caminos fue simple y sencillamente el de la propaganda comercial y los testimonios de placer, eficacia, mejor calidad (la Pepsies mejor quela Coca, lo aseguro yo) de los productos del mercado.

En todos estos testimonios predomina (visible, y cuanto más visible mejor) la garantía del «yo», garantía que a su vez está garantizada por la autoestima más exacerbante en un mundo donde todos se odian unos a los otros y sobre todo a sí mismos por no ser Bill Gates.

Pero quería hablar de literatura.

Hoy, desde el palurdo más culto hasta el más tonto –créase o no, hay palurdos cultos, para lo que basta un título universitario, y que simultáneamente son tontos–, muy suelto de cuerpo, testimonia sobre sus gustos y da opiniones de valor universal como la verdad revelada sin que se dé cuenta de que él mismo no es otra cosa que un sectario autista de sí mismo y el único miembro de su propia secta.

Y como cree que su vida es importante, en vez de plantar un árbol, escribe un libro sobre sí mismo que quiere pasar por novela, y encima confiesa descaradamente que es autobiográfica.

Por más que se promocionen, que se hable de ellos (aconsejo leer El poder de la crítica literaria, de Vizinczey, en la sección Artículos), que aparezcan en televisión (una garantía de calidad), que tengan buenas críticas, hay que tener el valor de no leerlos. Y si alguien nos regala un ejemplar, hay que arrojarlo por la ventana. O al tacho de reciclaje, sección “Papeles”.

Eso fue lo que hice un día: he aquí mi testimonio. Estaba leyendo un libro del famosísimo Henry Miller, liberador del sexo hasta la monotonía, que hace unas décadas era el cometa Halley de los escritores norteamericanos como hoy lo es Paul Aster. Después de sus Trópicos, ya ni me acuerdo cuál de sus libros repetitivos tenía en la mano, cuando de golpe (como a un epiléptico) me entró un temblor de aburrimiento infernal y antes de que la epilepsia se hiciera carne, con violencia, arrojé el libro al tacho del reciclaje.

Ese era un escritor adelantado a los actuales: ya creía que todo lo que le ocurría (ocurrírsele muy poco), subir a una bicicleta o bajar de ella, siempre que lo hiciera él, era digno de escribirse y publicarse. Que en paz descanse.

Los motivos de por qué lo siguieron César Aira, Piglia y algunos más son un poco diferentes: para existir como libros, tienen más explicaciones del yo y académicas que sustancia.

 

Invasiones

Últimamente no se castiga a nadie y, si por accidente se lo hace, sentimos una rara sensación en el estómago: pareciera  que los malos castigan a los buenos y encima les roban. Así lo prueban los banqueros y los financistas o los empresarios petroleros que envenenan el mar. De la misma manera, los dueños de las dos verdades (libertad y democracia), como antiguamente los malones de los indios, con menos razones que éstos, invaden a degüello los países para plantar sus dos verdades a cambio de oro, un poco negro, pero oro al fin.

Pero, ¿adónde iba con todo esto? Ah, sí, que tampoco se castiga a los malos escritores. Con una misteriosa pestilencia, invaden nuestras almas y al Espíritu del Tiempo con la misma impunidad con que los norteamericanos Irak o cualquier otro país al que quieran beneficiar con sus verdades.

Estoy seguro de que los malos escritores también se amparan en las dos verdades: dicen que nadie está obligado a leerlos, así como nadie está obligado a ser iraquí.

Es posible que sea así. Pero uno puede equivocarse y por error haber nacido iraquí en vez de norteamericano. De la misma manera, por descuido o engaño de la tapa y del texto de la contratapa («el mejor libro del año, de los últimos años, de la última década, lectura imprescindible”), y encima firmado por un Gran Escritor, uno pudo haber haberse equivocado y comprar algún libro malo (es difícil errarle, la mayoría lo son).

Conclusión: así como se devuelve el dinero por una afeitadora eléctrica defectuosa, de la misma manera se tendría que devolver el dinero por los libros malos.

 

Aberraciónes

Creo que en otro lugar ya he hablado sobre las traducciones de los libros que aparecen en España. Si no agrego nada nuevo, no me gusta volver sobre el tema, pero hay ciertas aberraciones que no se pueden dejar pasar.

El libro: un ensayo de Cyril Connolly, La sepultura sin sosiego, en una edición de Mondadori (no sé si el Mondadori alemán, japonés o inglés o italiano, pero para el caso es lo mismo, los perdonamos porque no saben lo que hacen), fue traducido del inglés por Miguel Martínez-Lage. Este traductor cree saber mejor que el autor de la obra lo que debe hacer con ella. Así, Don Traductor-Lage deja de traducir más o menos el veinte o el treinta por ciento del libro porque está en francés y para «reflejar su (del autor) francofilia galopante sin interferencia alguna». Efectivamente, sin ninguna interferencia y total incomprensión de los que no entienden francés.

Es probable que el Don Traductor tampoco entienda inglés. De allí su agradecimiento por la ayuda que le brindaron en ese idioma. La responsabilidad definitiva y final, por supuesto, es del editor, si supiera lo que hace. Lamentablemente, no por eso el libro cuesta veinte o treinta por ciento menos ni se lo puede devolver. Pero si saben lo que hacen (temo que sí, ahorran y ganan), merecen la crucifixión.

No sabemos qué perdimos los que no entienden francés, pero bien podrían ser frases como esta:

«Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función más genuina

de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor

importancia.»

 

Más aberraciones 

Desde hace tiempo, y lo sabemos todos, algo –diría casi todo– huele mal en el mundo literario globalizado: la hipocresía, la mentira, el falso optimismo voluntarista en busca de clientes inexistentes y el demoledor y aplastante poder de los números. Los árboles que lloran su muerte en cada hoja de libros inútiles que se compran por presión pero  nadie lee, o si los lee, es para volverse un poco más vacío de lo que ya es. El éxito del escritor se traduce en número de libros que publicó, la cantidad que vendió y los idiomas que fue traducido.

Esto en cuanto al globo, en cuanto a la parte del globito que nuestra Latinoamérica, la opinión de Carlos Fuentes (un escritor con tantos premios y doctorados honorosis causa que necesitaría un árbol para poder enumerarlos impresos), que formamos parte de un continente con 500 millones de hispanohablantes, realmente un mercado digno de no descuidarse.

Es verdad. Es lamentable que, más o menos, unos cincuenta millones hablan lenguajes indígenas –se los podría proveer de libros parlantes bilingües–, y que es mejor no pensar en la cantidad de analfabetos o semianalfabetos, o peor, los subalimentados cuyo desarrollo mental no entendería ni a los libros parlantes, o quizá sí, a Isabel Allende o las últimas novelas de Piglia que las primeras no las entiende ni Dios. 

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