Ottawa, 27 de agosto de 201…

Querido Alberto:

Antes que nada te debo pedir disculpas por no haberte contestado inmediatamente a tu carta de hace más de un año. Las razones de la demora son muchas pero no infinitas. Por un lado, al vivir en esta fabulosa sociedad de la era de la comunicación, me encontré muchas veces diciéndome: «Bah, para que vas a escribir. Cuando se te ocurra, te tomás el avión y te vas para allá para contarle todo en una mesa de café». Con ese pensamiento, ahora me doy cuenta, pueden pasar dos o tres años, hasta una vida, esperando la plata para el pasaje. Por el otro, sin querer ofenderte, debes reconocer que tu carta está plagada de preguntas ingenuas acerca de la comida, las costumbres, la vestimenta y el clima, como si aquí fueran extraterrestres, cosas a las que una buena guía turística te va a responder mejor y con más detalles que yo.

 
Después me preguntas por la gente (¿el ser, el hombre de aquí?), y por último, por mí, de cómo me las arreglo en Canadá.
De la gente, ¿qué decirte? Esta sociedad está organizada de tal manera que te puedas valer por vos mismo desde la edad más temprana y la gente prácticamente no cuenta. Pero para el caso, para definir a la gente (o a la gente actual, pos-moderna, aquí la modernidad pasó a la historia, todo es pos), te puedo citar a un poeta de acá, más autorizado que yo y que en un largo poema que incursiona en un pasado remoto en el que el hombre, alegremente y sin prejuicios, comía carne cruda y no tenía caries, define al actual con la marca de la bestia de esta manera: «Si te levantas temprano, trabajas de 9 a 5, y vuelves a casa al atardecer para emborracharte… Si miras televisión tres horas mientras te emborrachas… Si tienes inquietudes y buscas información sobre las ultimas técnicas sexuales, sobre el Dios actual, la cocina a microonda, sobre cómo mantener el césped verde… Si pagas tus cuotas regularmente… Si corres detrás de las ofertas, los precios que terminan en ,99, y sin quejarte ni dudar, compras todo lo que se te ofrece… Si utilizas el papel higiénico correctamente… Si no sabes de dónde vienes, ni quién eres ni a dónde vas y sobre todo si no lo preguntas… Serás todo un hombre pos-moderno, anónimo entre la gente anónima, hijo mío».

Lo mires como lo mires, el canto del poeta puede no ser más que una opinión de las tantas. El hombre actual no necesita grandes verdades, sino respuestas inmediatas a sus conflictos cotidianos, respuestas categóricas y soluciones drásticas para su vida que se arrastra a ras del suelo. El hombre pos-moderno no es aquel que con una calavera en la mano se plantea una interrogante sin respuesta, es aquel que con orgullo esgrime un rollo de papel higiénico y exclama: » ¡Eureka! Lo encontré». Y metiéndolo debajo del brazo o en el carrito del supermercado, prosigue su camino con confianza, lleno de sentido común y pensamiento positivo, optimista, en acción, repitiendo a cada paso: «Todo está bien». En consecuencia, para hablar de mí, de cómo me va y para entenderme, ya no podés pensar en el ser que fui, preocupado por las grandes verdades y soñador de utopías, sino en el que se adaptó y nació de nuevo para sentirse bien y ser feliz aunque no quiera.

 
He aquí mi proceso de metamorfosis.
Cuando llegué aquí, creía yo, ingenuo de mí, que como ex emigrado de Hungría a la Argentina a los ocho años, educado en Buenos Aires, zorro viejo en el asunto, astuto y piola, mi proceso de adaptación en mi segunda emigración sería muy fácil y, me llevaría este mundo por delante. ¡Qué equivocado que estaba! ¡Cuánto ha progresado el mundo desde entonces!

 
De nada me sirvieron mi gran capacidad deductiva, mis razonamientos teóricos, mi afán de construir en el aire un mundo mejor, armónico, eficaz, organizado y ordenadito. Lo tenia delante y no lo veía. Tuve que dejar de lado mis fantásticas teorizaciones de café y aceptar humildemente lo dado. En otras palabras, experimentar, vivir la experiencia. No por nada dijeron los latinos que «Experiencia docet stultus» (La experiencia educa a los tontos).
Te podría hablar de muchísimas cosas, de las puertas y de las dificultades que encontré para abrirlas; de las canillas y los infinitos modelos, de las veces que me empapé hasta que aprendí a utilizarlas; de cómo me helé debajo de la ducha por confundir la C con caliente y resultó «cold» de frío; de cómo saludaba como un tonto a mujeres desconocidas por confundirlas bajo el mismo peinado, maquillaje, pinturas que dicta la moda que las convierte en mujeres increíblemente vistosas, únicas, no como ese gris uniformado de los países subdesarrollados o comunistas. Sí Alberto, acá todo es alegría y color. Pero busquemos un ejemplo ilustrativo en vez de divagar.
Partamos del hombre, del hombre en su vida cotidiana, con un rollo de papel higiénico en la mano y un signo de pregunta en su cabeza: «¿Es o no es?»
Así me encontré yo, por primera vez, con el carrito vacío e inmóvil, en el Supermercado, Catedral de la Mercadería, frente al Altar de Papel Higiénico, en un intento de realizar sin experiencia y sin conocimiento, el rito diario: La Compra.

 
Oh, la ignorancia. La vida en este mundo es mucho mas rica y variada de lo que algunos simplotes constructores de utopías se la imaginan. Aquí se vive en la utopía. Como un bobo, miraba y admiraba los rollos de papel higiénico que como tubos de órgano se alzaban hacia el cielo. ¿Cómo explicarte, contarte esa nueva experiencia, sin un diccionario de sinónimos? Me faltaban las palabras. Pero no pretenderé ser poeta, ya aprendí. Me limitaré a una descripción ingenua: los colores, papel higiénico de todos los colores, amarillo patito, rosa y celeste, desde el crema claro hasta el más oscuro, una gama completa para que haga juego con tu baño (de esto me enteré más tarde), el clásico blanco inmaculado que se destacaba por su pureza; los especiales, los especiales para perros y gatos, los especiales para los toques más íntimos; los exclusivos para Ejecutivos; los dibujos, el Bambi y toda la creación de Walt Disney para los niños; las estrellas de Hollywood (no me acuerdo si estaba Reagan) y escenas de las últimas películas para los adolescentes; paisajes japoneses (¿o chinos?) y pinturas del Renacimiento para los que poseyeran sensibilidad artística; se veían rollos con automóviles de los años treinta para las víctimas de la moda de la nostalgia. Para continuar, paso a las calidades; duros o extra duros, blandos o extra blandos para los que padecen de hemorroides; simples, dobles y triples; lisos y corrugados. En fin, termino aquí porque vas a creer que exagero.

 
Dante en la Selva Negra en busca de su Virgilio, así me sentí yo. Durante el primer encuentro, el shock fue tan violento que no compré nada. Y esto era un crimen, tanto social como contra la familia que me esperaba.
Pero gracias a Dios, a falta de Virgilio encontré a otros emigrados argentinos experimentados que me orientaron. Un psicoanalista, un médico, tres profesores de la universidad, uno de letras, otro de economía y el último de filosofía, todos de acuerdo con que, «Viejo en la Argentina ni papel higiénico hay», y que es una razón poderosísima para seguir viviendo aquí, comprendieron mi problema que ellos también habían padecido y en una grata reunión me acogieron con calidez para ayudarme. Sin entrar en interpretaciones groseras, con una caja de bombones en la mano, el psicoanalista, gordo como un hexágono, me alentó: «Viejo, viniste aquí para darte ciertos lujos y placeres. Comprá el que te guste más y más satisfacciones te dé. Yo, personalmente, compro el más barato, si no, me agarra el estreñimiento y se forma un circulo vicioso cargado de ansiedad. Lo digo por experiencia». Y rápidamente se metió un bombón en la boca. El médico, al que le planteé el problema de los colores y las reacciones alérgicas, me tranquilizó: «Desde el vamos, en gringolandia, tenés que dejar de lado esa manera de pensar y generalizar muy nuestra. No cabe duda de que vi algún caso de reacción alérgica muy jodida pero también muy aislada y extrema. En general, los colores son firmes y no debes dudar de la ciencia de los gringos. Te aconsejo que vayas probando de a poco y, al menor síntoma, cambia de color». El profesor de letras fue mas breve: «Personalmente prefiero los que vienen con pequeños textos y frases famosas. Algún latinajo tampoco me molesta». El de economía: «Mira, para aprovechar alguna oferta, comprar barato y prever el futuro, vale la pena de tomarte el trabajo. Sentate con tu familia y sacá la cuenta de cuánto usan por día, por semana, por mes y por año. Así vas a tener una idea clara donde estás parado y a dónde vas. Ah, y para las diarreas, aplica el cálculo de posibilidades». El de filosofía, pelado como Sócrates, un decano en la materia, suspiró: «Qué querés que te diga. Para mí todavía no hicieron el papel higiénico ideal. Quizás en otro mundo, en otro sistema social».»¿Y cuál sería ese papel?» pregunté. «Bueno, ejem, hum, el reciclable, bueno… claro…» Y la reunión siguió adelante, discutiéndose el problema más acuciante de nuestra época, el estacionamiento.

 
«¿Vos creés que fui más feliz después de esas primeras iluminaciones? No. Salvo algunas definiciones y conclusiones que saqué, como ser «El mundo se divide en culos limpios y culos sucios» o, «El hombre es con lo que se limpia», las dudas y las inseguridades me siguieron asaltando; mi mano seguía temblando cada vez que la llevaba para atrás y no podía evitar los accidentes. Sin querer, por supuesto, los que me asesoraron, en su afán de manifestar sus individualidades, sus capacidades de valerse por sí mismos, de afirmar sus personalidades, se olvidaron de hablarme del aspecto científico del problema. No me hablaron de la posibilidad de obtener herramientas intelectuales certeras y la información perfecta, fundamentada con investigaciones. Aquí todo se expresa, se define, y no hay religión en el mundo que tenga la vida tan bien reglamentada y sin misterios estúpidos.

 
Y como ocurre con los grandes descubrimientos que cambian los destinos, yo también descubrí, por accidente o casualidad, la solución del problema. Un día, en un stand de revistas, vi la del «Consumidor Perfecto», una revista sin fines de lucro, pura, no contaminada, que además de los derechos humanos, incluye los del consumidor. Leí en tapa: «Los últimos test de los papeles higiénicos en el mercado», y la compré con emoción.
No vale la pena hablarte de la lista de papeles higiénicos y de las diferentes tablas comparativas. Sospecho que necesitarías una vida o un curso o haber nacido aquí para comprenderlas. Pero remitiéndome a las conclusiones del artículo central escrito en lenguaje llano, al alcance de todos (aquí siempre tienen en cuenta tu capacidad mental para una comunicación eficaz), leí lo siguiente: «Encabezado por el eminente científico de fama intencional John Haighsmith, 46, padre de tres, un equipo de expertos de la prestigiosa Universidad de Toronto, después de tres meses de arduas investigaciones financiados por esta revista (costo total del proyecto 38.000,00 dólares) con una serie de test diseñados especialmente (no hay descripción de los test o de la metodología), ha llegado a la conclusión indiscutible de que el papel higiénico Cisne XZ-ZI, frente al Gatito XZ-X2 o al Tigre XX-XI o Romance XXX2 o Intimidad XX-X3 o Pasión ZZ-Zl o el XX-Z8 o el ZZ-X9 (para una mejor comprensión véase tabla de código), el Cisne XZ-ZI, repetimos, por ser de doble pliego y el haberse usado celulosa original no reciclada para su fabricación, es el de más alto y seguro rendimiento. A pesar de su precio, utilizando el Cisne, el consumidor, en un promedio de diez años obtendrá el mayor ahorro como consecuencia de un porcentaje menor de roturas. Se deberá tener en cuenta, además, que la versión blanca nívea del Cisne (lamentablemente el consumidor tendrá que renunciar a la decoración armoniosa o al toque final de su baño y otras fantasías), de acuerdo a los informes que nos ha facilitado generosamente la Asociación de Médicos, es la mas estéril e higiénica y la que tiene el índice más bajo de alergias registradas. En consecuencia, es la única que puede recomendar dicha Asociación».

 
«En defensa de los derechos del consumidor, para que en los casos de reclamo por la posible mala producción del papel (accidental e involuntario), la devolución de dinero se lleve a cabo, y para evitar que se le eche la culpa al consumidor por el uso incorrecto del papel, en el recuadro de la pagina anterior, léanse las instrucciones para la utilización correcta del Cisne>~.

 
Dejo de lado algunas consideraciones filosóficas del artículo como que por la cantidad de papel higiénico consumido per cápita y por año, los canadienses viven mejor incluso que los japoneses, ergo, son más felices, para decir que este ejemplo es aplicable a cualquier otro producto, desde la pasta dentífrica hasta los preservativos. Lo más importante es destacar que por fin soy feliz. Siento que mi yo se ha reforzado, mi individualidad se ha acrecentado y toda mi personalidad pisa con firmeza la vereda que recorro.

 
Ahora, con más conocimiento que nadie, hablo con soltura sobre el tema y ya no me tiembla la mano cuando llevo el papel para atrás: el terror a las alergias, a las roturas, desapareció. Y si bien a veces pienso que un cisne nada en mi inodoro y me picotea, o un gatito me clava las uñas, la culpa no es de la sociedad ni de la propaganda por televisión que usa esos animales, sino a mis vasos comunicantes mentales, fácilmente dados a las asociaciones libres.
En resumen, la experiencia ha confirmado la investigación de expertos y ahora puedo estar orgulloso de valerme por mí mismo.

Saludos y un gran abrazo,

Pablo

P.D. Por supuesto, si crees que con esto he agotado el tema, estás equivocado. El otro día no más, en el diario local, leí una carta de un lector, un indio mohak, titulada: «Los culos pálidos devastan nuestros bosques». El debate, para el bien de la democracia, quedó abierto hasta que se encuentre la solución. Sí, será un debate valiente que sólo terminará con la muerte de la tierra.
Ah, casi me olvido, ¿seguís con idea de emigrar para estos lados? Sí, aquí las cosas son más fáciles de comprar, como decís. Mientras tomás una decisión, para anticiparte una muestra digna, te puedo mandar unos rollitos del Cisne. La mejor vía, creo, sería la valija de algún diplomático argentino que regresa con artículos de lujo. 0, tal vez, la de un diplomático canadiense que por falta de información desconoce los aportes culturales de otras civilizaciones como el bidé, siempre previsor, por anticipado, despacha un barco con 10 m3 de rollos.

Chau y hasta la próxima

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