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Cuando en la Universidad de Ottawa, ciudad ésta en la que Pablo, después de dar vueltas por el mundo como perro que se busca la cola, había bajado las anclas, el primer día de clase, a las 18,58 horas, entró en el aula para empezar a dar el Curso de Conversación de Español Nivel Superior 2002 XZA, creyó que se había equivocado y que había entrado en Pandemónium, la capital del infierno; dos o tres viejos arrugados, algunos hippies zarrapastrosos fuera de moda, un paralítico en un sillón de ruedas, homosexuales con el pelo largo y lesbianas con el pelo corto, varios punks con el pelo coloreado como flores de un paisaje extraterrestre, así se lo habían hecho creer.

Aunque ya ducho y experimentado en las lides de la enseñanza del idioma cervantino en el Departamento de Español, nunca había dado el de Conversación 2002 ZXA que dependía del Departamento de Educación Continua o Permanente. Lo había aceptado para ganarse unos dolarcitos extra que engordarían el chanchito de la esperanza del retorno a su tierra natal, ignorando sus parámetros o principios.

Sin embargo, algunos de estos principios o parámetros directrices de este curso eran sencillísimos, hasta populares: «Nunca es tarde para aprender,» era básico; este otro, una cita del Corán de Mahoma: «Aprenderás desde la cuna hasta la tumba,» con su aire de sabiduría antigua, aparecía hasta en los panfletos de propaganda (técnica y moralmente, folletos de promoción), del Departamento. Otros eran más complicados y se debían a sondeos del mercado y/o a encuestas públicas. Los más notables provenían de los estudios interdisciplinarios, una disciplina altamente especializada que se creó para levantar puentes entre las especialidades y especializaciones que habían fragmentado el saber de las disciplinas, justamente.

Muchas de las conclusiones de estos estudios eran fabulosas; así, sin requisitos previos, sin andar buscando la cuadratura del círculo, si un individuo, un ser humano digamos, contaba con cuerdas vocales, pulmones para hacerlas vibrar, una lengua para articular en una caja de resonancia que era la boca, y encima hablaba un idioma, vamos )qué más se podía pedir o necesitar para aprender otro? Todo dependía de la imaginación del individuo, de su esfuerzo, su motivación, de su entusiasmo y de su creatividad. Y si tenían limitaciones culturales, biológicas e interiores estas se podían superar en otros cursos especializados para analfabetos, asmáticos o tartamudos. Estadísticamente, los mudos o los sordos no eran tantos y los sordos hasta podrían estudiar música; para esto, el Departamento de Educación Continua, en vez de citar a Mahoma, ponía como modelo a Beethoven.

Si bien Pablo ignoraba estas conclusiones de los estudios erigidos en principios, de uno, universal, estaba absolutamente seguro: que todos los que estaban allí, habían pasado por ventanilla para pagar y, probablemente, para hacer las cosas con seriedad, por un test que todos pasan. En consecuencia, sus derechos eran inalienables y si mostraban optimismo y una actitud positiva, cuidadito con inhibirlos exigiéndoles demasiado, lo que sería equivalente a tratarlos mal. Contemplando el paisaje, se dijo que nada tenía que objetar a los fenómenos que aparecían en el horizonte; al fin y al cabo él era un asalariado como profesor (ni siquiera esto último, gracias a las metodologías más modernas de la enseñanza, se había convertido en un «transmisor de conocimiento» que se limitaba a aplicar la tecnología correspondiente) que recibía una paga miserable por su trabajo, pero eso sí, puntualmente. De modo que no había ninguna razón para preguntarle a ese punk de la última fila por qué se había pintado el pelo de verde loro y no de naranja cacatúa como el que estaba a su lado, o porque se había colgado una llave francesa de la oreja y no una inglesa como el otro, si tales llaves existían y cuál era cuál, eso Pablo no lo sabía con exactitud. Dicho con claridad: no tenía por qué meterse en la vida privada de los demás.

Sea como fuere, después de saludar y de recoger las fichas de los alumnos, Con un suspiro y farfullando AAsí es la vida, vivimos en una sociedad de transición, aunque ni mi abuela sepa hacia donde@, no pudiendo superar o limitar las debilidades del ser humano que era, de manera indirecta, no dejó de incursionar en sus vidas privadas o no. Leyendo sus nombres, les fue preguntando uno por uno (si la respuesta fuera incompleta, él se encargaría de completarla por su cuenta), por o para qué estudiaban español, pregunta que, si surgía alguna protesta, bien podría justificar ante las autoridades, técnicamente, como estudio de los niveles de creatividad o mejor, de las necesidades de los alumnos, en aras de un servicio mejor para ellos como clientes.

Los resultados de la miniencuesta, con respuestas firmes u otras dubitativas, no fueron muy diferentes a las obtenidas en otros cursos. Dejando de lado las obvias como «porque me gusta,» o una que otra furibunda «por razones personales» de alguna feminista celosa de su independencia, también los sueños, deseos y anhelos, se repetían. La mayoría de los alumnos, en este mundo del anonimato y aburrimiento mortal, en el que hay tantas cosas para hacer según decían en sus composiciones,  quería viajar a otros mundos de habla hispana para conocer y encontrarse con «gente interesante» que los estarían esperando con ansiedad, ya que ellos mismos, por lo que parecía, se consideraban «seres interesantes» todavía sin descubrir y en el mundo en que vivían, desgraciadamente, no había ninguno con el que charlar en inglés o francés. Pablo suspiraba, ya sabía el resto; las mujeres soñaban con encontrar a un príncipe azul latino, moreno y apasionado, dispuesto a compartir, a colaborar y «muy macho,» pero ay, sólo en el momento oportuno, cuando ella decidiera. Después del regreso de sus periplos, se conformarían con un árabe de los que por aquí había muchos. Los hombres buscaban mujeres latinas, suaves, dulces, cariñosas y sumisas, sin el feminismo exacerbado de las de aquí. Sí, pensó Pablo, cría cuervos, después vas a rogar de rodillas por una filipina.

Hubo otras variantes; uno, como quien colecciona cajas de fósforos y que ya sabía cuatro idiomas, por hobby. Los dos o tres viejitos, «por hacer algo» y no pudrirse en sus casa, mirando por la ventana, esperando que el sol se apague. El de la silla de ruedas que entorpecía las caminatas de Pablo por el aula, como era evidente, no podía desplazarse fácilmente, para cartearse con discapacitados de Latinoamérica y conocer sus problemas e intercambiar ideas. Tampoco descartaba la posibilidad, el día que tuviera suficiente dinero, de asistir a un congreso internacional sobre su especialidad. (Pablo reprimió su impulso interior de darle unas monedas, habría sido humillarlo, si le diera dos o tres mil dólares…). Un árabe que estudiaba economía, planeaba poner un almacén en Perú. Los hippies tardíos largaron la palabra «comunidad» y refunfuñaron algo sobre el costo de la vida, marihuana y peyote más baratos en Colombia o México. Los punk fueron breves y elocuentes, ante el caos y el nihilismo, «No future» y «Do it yourself,» daba lo mismo español que chino.

«Basta o me vuelvo loco,» se dijo Pablo y sin saber si se encontraba en una pesadilla o la sala de espera de un psiquiatra, con el dinamismo y el entusiasmo que aconsejan los manuales, abrió el libro y empezó a dar la clase. Con algunas gotas de adrenalina que por orden subconsciente largaron sus glándulas en su torrente sanguíneo, se dinamizó y se entusiasmó tanto, que se olvidó que por diferentes razones (problemas de tránsito, una tormenta de nieve sorpresiva y récord, fallas mecánicas en los autos garantizados, o dificultades por razones personales), algunos alumnos podían llegar tarde. Recordó ese detalle cuando se dio cuenta de que nadie lo escuchaba y que todos, menos él, miraban hacia la puerta del aula. No le quedó otro remedio que mirar también: a través de una nube, enmarcados por la puerta, como un cuadro de decrépitos de Bosch, vio a una pareja o matrimonio de ancianos; ella estaba agitando la mano para llamar la atención.

Cerró su válvula de dinamismo, enfrió su entusiasmo y atraído por la mano, un poco nervioso y confundido, arrancó hacia la puerta. Con el respeto que se debe a la ancianidad, iba pensando en que probablemente ese matrimonio sería uno de esos que muy perfumados para ocultar el olor a la vejez, bien vestidos, habiendo prevenido el futuro hasta con la compra de un ataúd acolchado, con simpatía, ternura y cariño, los vemos trotar por la calle como a dos tórtolos desplumados, con pasos cortitos para demorar lo más posible el feliz encuentro con Dios.

Llegó hasta ellos, se clavó y como un bobo, se quedó mirando la mano que la mujer seguía agitando delante de su nariz, esta vez para despertarlo. Por fin, como si hubiera desaparecido la nube, largó un «Buenas noches» un poco impaciente y ya, ante la realidad, redescubrió al marido apoyado en un bastón, y quien con la lengua afuera colgándole a un costado, jadeaba como un perro. Salvo este detalle (el perfume que olió no era muy penetrante), todo parecía normal; ella un poco regordeta y él, sin ser gordo, un poco hinchado. Pablo casi ladró un «Escucho» que desentonaba un poco con su simpatía y cariño mentales.

Ella, un poco nerviosa, hablando un español bastante pasable, le explicó que tanto ella como su marido, habían aprendido el español en México, «un país ardiente», en el que solían pasar sus vacaciones durante el «horrible frío» del invierno canadiense. Siguió explicando que su marido había tenido un ataque de apoplejía (señaló al marido y Pablo lo miró: la lengua, con un slash suave, se deslizó al otro costado de la boca, fenómeno que Pablo consideró un saludo e inclinó la cabeza), ataque que, gracias a un tratamiento altamente especializado e intensivo, había obtenido resultados sorprendentes: ya coordinaba y caminaba bastante bien con la ayuda del bastón pero que todavía no hablaba por no poder articular la lengua como «el profesor mismo poder comprobar.»

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