A mi hija Mafalda.

Ya cerca de medianoche –afuera frío y ventoso, mi mujer y mis hijos durmiendo, yo sentado a la mesa de la cocina, repasando las amarguras de la jornada con la esperanza de que, tal vez gracias al último vaso de vino que estaba tomando y que me empujaría a dormir, el día siguiente fuera mejor– apareció mi hija en piyama, encima el salto de cama, y se sentó en otra silla a mi lado.

Me preparé para alguna de esas preguntas que me solía hacer sobre los misterios de la vida y a las que yo –con los ideales muertos y con un Dios muy lejano en un mundo en que todo parecía estar explicado, y si no se explicaba no sabría qué responder, salvo farfullar algunos lugares comunes o hablar vagamente sobre los grandes benefactores de la humanidad, en los que no creía–, sin ser muy convincente, intentaba inyectarles algún tipo de optimismo irritante del que yo mismo carecía. O no, por ahí no se trataba más que de una queja sobre algunos de los profesores de la universidad en la que estudiaba una carrera tan vaga como «Humanidades». Si así fuera, el asunto no pasaría de una dificultad práctica, fácil de responder
con el sentido común: «Ese profesor es un imbécil, además de mal profesor, no está al día». Respuesta en la que pesaría el valor de la experiencia; yo mismo era un profesor siempre actualizado: los dos o tres discos de la computadora, con el programa del curso del próximo día ubicados al lado de la azucarera, sobre la mesa, para no olvidármelos, así lo probarían.

Tomé un sorbo de vino.

Pero no me hizo ninguna pregunta. Con sus ojos castaños se limitaba a observarme o, diría, a estudiarme. Hasta la incomodidad. Le pregunté:

–¿Qué pasa, gorda? ¿No podés dormir?

Alzó los pies y se acomodó sobre la silla en la posición de flor de loto.

–Tuve un sueño espantoso. Una pesadilla.

–¿Ahora?

–No, la última noche. Pero es como si todavía la estuviera viviendo.

–Tenés miedo de dormir.

–No exactamente. Quisiera saber si voy a dormir.

–Eso es lo que te estoy diciendo. Tenés miedo de ir a dormir.

–No me entendés. Soñé con un mundo de robots y viví un día.

–¿Y? Debe ser la influencia de las malas películas de ciencia ficción que mirás.

–Papá, vos las llamás malas porque siempre terminan bien. Ésta fue horrible y no terminó.

–¿La película?

–No, la pesadilla. Pero si no te interesa, te dejo tranquilo.

–Contá. Te escucho.

Mi hija soñaba en colores, su pesadilla era en colores.

–Se trata de la historia de Demetrio.

–¿Quién es Demetrio?

–Un robot.

–¿Y qué tiene que ver con tu sueño?

–Bueno, había nacido y vivía en ese mundo.

–Mafalda, cuántas veces me preguntaste cómo hacer una presentación y te lo expliqué: primero, la descripción del tema o introducción; segundo, desarrollo; tercero, el final con una conclusión y un mensaje de optimismo y esperanza para la humanidad, aunque se trate de una enfermedad incurable o de la misma muerte. Si no, ya sabés, vas a espantar a la gente y no vas a triunfar en la vida.

Suspiró, se reacomodó en la silla, pensó un rato y, seria, empezó su relato. Quizás sin que se diera cuenta, de vez en cuando, una sonrisa aparecía en sus labios (¿por el placer del relato? o, ay, temo, con una ligera sorna, como si le hablara a un ser inteligente pero dormido).

–Soñé con un mundo muy bonito, lleno de colores, no muy diferente del nuestro, pero allí en vez de seres humanos todos eran robots, seres de metal. Igual que en el nuestro, todo era limpio y reluciente y se vendían los mismos productos para la limpieza, salvo que, en vez de champú, jabón, detergentes y desinfectantes, usaban antioxidantes, el puloil, el brasol y otros «especiales» para sacarles brillo a sus corazas de robots. Igual que en el nuestro, había un presidente o primer ministro que llevaba una coraza de oro mientras gobernaba y una cámara de senadores y diputados con corazas de plata, así como los ministros. Había algunos, pocos, los llamados inmortales o eternos, con corazas de platino, adornadas con brillantes, que se burlaban del primer ministro, de los políticos y de todos los demás, incluso de los ejecutivos y los consejeros, los managers y los altos funcionarios que, según sus salarios, usaban corazas relucientes, cromadas o bañadas en plata o u oro barato.

–De 10 kilates.

–No lo sé, pero lo que sí sé es que no podían pulirlos mucho porque el oro desaparecía. Creo que la mayoría de la gente, la más pobre, llevaba corazas de hierro reciclado y pintado al duco según su raza, oficio y categoría: los bomberos de rojo, los obreros de azul, los policías de negro, pero con la cara blanca. Muchos, para ser distintos o disimular la vejez, según la moda, se repintaban. Salvo que eran robots, todo lo demás era exactamente igual.

–No entiendo bien. ¿Cómo eran exactamente? Por ejemplo, ¿nacían y morían como nosotros?

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