La abuela y las cataratas         

Aunque inevitablemente se muera, se debe vivir con plenitud, cosa que todavía nadie sabe qué es exactamente. ¿Tal vez el amor para los jóvenes? ¿Quizás las maravillas que creó la naturaleza o Dios para todo el mundo, especialmente para los ancianos?

La abuela, más que a mí, vino a visitar a sus nietos a Canadá.

Fue inevitable que la lleváramos a ver las fantásticas cataratas del Niágara. Yo no fui, la acompañaron sus nietos y mi mujer.

Cuando regresó, le pregunté:

–¿Y, madre, te gustaron las cataratas?

Pensó un largo rato (no olvidemos que ya era vieja) y luego dijo:

–Sí, aunque hacían mucho ruido, me gustaron. Miraba caer el agua y miraba y miraba. El agua caía y yo seguía mirando. Por más que mirara, el agua seguía. Debe ser la edad; me dio sueño y me senté de espaldas a las cataratas. Me dormité, pero las aguas, con su ruido, no se detuvieron y penetraron en mi sueño, perturbándolo. Y supongo que ahora que estoy aquí y no las veo, las aguas siguen cayendo. Espero que cuando me entierren, el ruido no perturbe mi sueño eterno.

Tu preocupación fue inútil, abuela. Ya no cae el agua en las cataratas del Niágara.

 

La teoría «Míreselo como se lo mire»

(Traducido de la revista Times)

La libre elección de la mujer, la libertad de trabajo, su condición de «persona», desaparecen con la pornografía. En la pornografía, la mujer es siempre una cosa-juguete, un objeto y es una clara expresión del abuso sexual de la mujer por parte del hombre y dio lugar a la creación de la teoría “Míreselo como se lo mire”. La teoría se la debemos a una famosa feminista norteamericana, Bárbara Machvick. Dicha feminista estudió 49.534 fotos pornográficas de los Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Noruega y Francia. Por eso, sus conclusiones, como el edipo, tienen valor universal. Por razones metodológicas y para evitar confusiones, la feminista ha eliminado de sus estudios las fotos con lesbianas, homosexuales masculinos, animales y las que incluyen niños. Estas últimas no las incluyó en sus estudios por haberse limitado a las que llamó como: «estándares».

Las conclusiones son las siguientes:

1) Foto con un hombre y una mujer debajo; clara expresión del dominio machista, humillación de la mujer.

2) Foto con un hombre y una mujer arriba; clara explotación de la mujer, que realiza todo el trabajo.

3) Foto con un hombre y dos mujeres arriba; espantosa variante de la anterior: doble explotación de la mujer. El hecho de que en un ángulo de una de las mujeres que está arriba, el hombre saque la lengua, no es un atenuante; su cabeza descansa sobre la almohada y la mujer corre el peligro de perder el equilibrio y romperse algo.

4) Foto con dos hombres y una mujer debajo; espantoso y aberrante ejercicio del tradicional sadismo machista, triunfo del hombre y definitiva humillación de la mujer. Tareas orales extras para la mujer.

Conclusión terminante: «Míreselo como se lo mire», la mujer siempre es la víctima.

 

Taconeos 

Escucho los taconeos en la calle Spark, la más céntrica de la ciudad, cerca del Parlamento y que bulle durante el día. Son las seis menos cinco de la tarde. La calle está despoblada. Los bancos y las oficinas habían cerrado a las 17 horas. A las 18 horas, cerrarán los negocios que quedaron abiertos para servirnos mejor. Cuando cierren, la calle quedará definitivamente muerta.

Los taconeos resuenan entre los edificios como en un desierto.

Busco; a veces los taconeos se detienen y oigo un gemido, un lamento, ¿alguien sufre?, ¿hay algún peligro que la amenaza? Porque los taconeos, si no de un travesti, son de una mujer.

Por fin la descubro,: corre de la vidriera de un negocio a la otra, se detiene, mira, se vuelve y corre. Pasa a mi lado con su portafolios de ejecutivo y una cartera, lágrimas en sus ojos.

Cualquier gesto de simpatía o pregunta para ayudarla serían para mí más peligrosos («acoso sexual» o «intento de violación» podrían ser las acusaciones, y yo podría terminar en la cárcel), que el peligro del que ella parece querer escapar.

Tal vez me equivoque.

No necesito seguirla en sus idas y vueltas: sus gemidos y exclamaciones superan mi paso cansino y reaparece a mi lado para volver a desaparecer.

Una campanada dela Torredel Parlamento; empiezan a dar las seis. Un grito, casi un aullido, otra campanada, ¿será la hora de su muerte, de la que trata de escapar, y ella ve lo que yo no puedo ver?

Pánico o locura. Me detengo y giro; con los ojos desorbitados, se precipita contra una puerta corrediza que se cierra inexorablemente. Quizás el último y único refugio

Deja el portafolios en el suelo y con ambos puños, llorando, golpea la puerta cerrada. Y aúlla: «Shit!», «Shit!», «Shit!», como un eco de las últimas campanadas.

Suspiro y continúo mi camino. Pobre mujer, hoy, como se suele decir, tuvo uno de esos días; asaltada por la indecisión, las dudas, las contradicciones, no supo qué comprar.

Volverá a su casa sin haberse realizado.

 

Simplemente una mujer:

Fui testigo y doy mi testimonio.

Sentada a una mesa de una cafetería, simultáneamente, hacía lo siguiente:

1) Hablaba por un teléfono celular.

2) Mascaba chicle.

3) Se estudiaba la cara (y todo lo que ésta incluye) en un espejito apoyado sobre un diario desplegado sobre la mesa. Le daba toques a su maquillaje con el dedo meñique, la uña larga y pintada.

4) Echaba ojeadas alrededor; ¿esperaría a alguien o comprobaba si la miraban?

5) Comía un muffin.

6) Bebía café.

7) Leía el diario.

7) Seguía hablando.

Sí, simplemente una mujer, un milagro de la modernidad. Pero, ¿era real, existía?

 

Liberación femenina + progreso

Las hombreras masculinas de sus blusas, vestidos o trajes sastre, les da la silueta de una mujer de un friso egipcio del que parecieron descolgarse, contribuyendo a la sensación de desierto de la ciudad.

Atardecer; las caras cansadas y amargadas, regresan a sus departamentos. Ya no sonríen como durante todo el día, ni la sonrisa petrificada les quedó. Si sonrieran con un esfuerzo, sería un acto de fe: el mundo es hermoso si se lo sabe vivir.

Vuelven con su cartera, su portafolios de ejecutivo, arrastrando las bolsas de plástico con las compras en el supermercado. En las bolsas, la comida para ellas y su compañero, un perrito o un gatito.

Sí, están cansadas.

Algunas casi corren; no vaya a ser que antes de que lo saquen a pasear, el perrito…

Hasta aquí había llegado. Pero el progreso es imparable.

Sumado a lo anterior, ahora una correa de plástico les cruza el hombro y las hombreras elevadas por el peso, se destacan como un tumor maligno, una deformación. De la correa cuelga una computadora portátil que, a sus pasos en zapatillas especiales para la salida del trabajo, les golpetea la cadera.

 

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