En el supermercado de la muerte los clientes echan una carrera en silla de ruedas.

Algunos cadáveres se han vestido de gala.

Lo aceptaré todo, excepto esto, la   muerte consumista.

Sándor Márai, de Diarios 1984-1989.

 

Mediodía. El personaje, sentado en un sillón pegado al ventanal del balcón –afuera, nubes negras y pesadas que le ocultaban el cielo–, estudiaba la primera página de un folleto desplegable que había encontrado, entre otros, en su casilla de correo.

Los solía tirar a la basura sin mirarlos. Pero éste (siempre lo logran con alguno) le había llamado la atención por el collage de las fotos de las pirámides, máscaras doradas de faraones, tumbas precolombinas, y un título con letras doradas en relieve:

Viva económicamente en la Ciudad Eterna, cerca de Dios.

Y al pie de la primera página, también con letras en relieve pero más pequeñas:

Gentileza de Hardman & Sons, la Empresa Funeraria y Embalsamadora de California más grande y popular del mundo, con sucursales en todos los países.

Desplegó el folleto: abarcando las tres páginas, bajo un cielo azul, la foto de una carpa de tela impecablemente blanca y que, en vez de un circo, poseía un diseño y un aire de beduina. En su interior, odaliscas listas para salir ante un llamado.

Detrás y alrededor de la carpa, edificios y galpones que le resultaban familiares: el Centro Cívico, lugar de exposiciones y exhibiciones, desde vacas y cerdos hasta libros y conciertos, sin duda, más útiles y mejor cotizados los primeros.

Sobre la carpa, en negrita, leyó: “Tiempo de pensar y planear su funeral”, “Curso para aprender a morir”, “El duelo y cómo pasarlo alegremente”, “La muerte puede ser divertida y menos trágica de lo que usted cree”, “Las técnicas del embalsamamiento moderno, ¡conózcalas!”

En uno de los pliegos, en un texto breve y claro, como para semianalfabetos, que en democracia son mayoría, se explicaba que los títulos sobre las carpas eran cursos preparados por expertos pedagogos a los que habían asesorado pastores, curas, rabinos y representantes de otras religiones, así como políticos de todas las tendencias, incluidos hasta los verdes. Y no faltaban psicólogos, psiquiatras, feministas, gays y lesbianas. Eran cursos fáciles, en los que se educaba divirtiendo, para pasar con felicidad plena los momentos más trágicos de la vida y en los que, gracias a Hardman & Sons, cuando se cree morir, se Nace de Nuevo para, a un costo bajísimo, vivir la eternidad en alguna de las habitaciones climatizadas de la Ciudad Eterna.

La carpa no era una ficción decorativa, existía, y allí se podían hacer los cursos directamente. En un recuadro se había estampado un sello:

“Tres últimos días en Ottawa: todos los cursos reducidos dramáticamente al 50%. Su última oportunidad:

¡¡AHORA!!

“Estacionamiento absolutamente gratis”.

El personaje se estremeció de pies a cabeza: ¡dramáticamente!, ¡la última oportunidad y a mitad de precio! Su corazón aceleró los latidos; estacionamiento gratis en un mundo despidado en el que nadie da nada.

Miró por la ventana; de las nubes salió un abanico de rayos del sol y una paloma se posó en la baranda del balcón. Y si bien no era blanca, sino gris, ya no le cupo duda de que era el Espíritu Santo con la Anunciación de una Vida Feliz y Eterna.

Y, como si todo esto no hubiera sido suficiente, apareció el sol para iluminar su camino al Centro Cívico, en cuya playa estacionó a la media hora para “saltar” del auto. Día cálido, piaban los pajaritos, se sentía feliz, tanto, que le dieron ganas de cantar. Y entonando “La vida no vale nada, no vale nada la vida”, se encaminó hacia la entrada de la carpa, en cuyos soportes ondeaban banderas con los fémures y la calavera. “Un  toque simpático al estil Disneylandia.” Qué tiempos aquellos en los que el pater familias, a punto de abandonar esta tierra, rodeado de sus seres queridos, se mandaba un discurso interminable, lleno de pensamientos sensatos acerca de la necesidad del ahorro para una vejez tranquila y de consejos a sus hijos, quienes, al pie de la cama, lo escuchan con respeto y atentos al último aliento para pasarlo a su lecho definitivo e iniciar los trámites de la herencia. O tempora! O mores!, nunca más volverán.

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