El espectaculo (Bajar el cuento completo en PDF)

Venía de algún lado, sin saber de dónde, e iba a otro, tampoco sabía cuál. Deambulaba como un turista de vacaciones, pero sin tener ningún destino, ni siquiera un museo o un monumento histórico o algún buen restaurante recomendado.

El  lugar, por la gente, bien podía ser la calle 12 de Washington o la 42  de  Nueva York. Se sentía desorientado y perdido. «Debe ser por haber viajado tanto. Las ciudades, el mundo, se parecen cada vez más», se dijo, y se preguntó si no sería un sueño. “Pero, cuando uno dentro de un sueño,- razonó,- piensa que está soñando, se suele despertar”.

Sin embargo, no se despertó y continuó caminando.

La calle, mal iluminada, estaba conformada por casas antiguas  con las paredes descascaradas, descoloridas, aunque los colores no faltaban. «Por la mala iluminación   más bien parece el Soho o las Ramblas de  Barcelona  y por las casas, a cualquier calle de una ciudad de Europa o quizás algún barrio viejo de Montreal, con un festival internacional».

Bombitas de colores frente a los locales, en los zaguanes, en  los bares y cafés de los que surgía una música estridente, enérgica, violenta cuyo ritmo golpeaba el cuerpo hasta aturdirlo, intensificando esa sensación de sonambulismo general, de una fiesta sombría, una exhibición de sí mismos que brindaban los punks con el pelo teñido, los skin head,  los homosexuales, las lesbianas, caras pintadas, aros en las orejas, bocas que fumaban  marihuana sin lugar a dudas, o los que aspiraban cocaína o que, en grupo, ceremonia de una hermandad, se inyectaban  heroína.

«Sí, debo estar soñando, si no, entraría en pánico». Con  esa certeza y tranquilidad, echaba un vistazo en los zaguanes oscuros, el manoseo de parejas dudosas, observaba a los negros con los dientes brillantes, de refilón, alguna que otra pelea, cuchillo al aire, y con el rabillo del ojo, lo veía clavarse, hundirse. Por las dudas, sueño o no, superando la tentación de detenerse y contemplar el resultado del cuchillo que se hundía,  seguía  caminando tranquilamente, codeándose con los travestis y las prostitutas, rechazando con amabilidad, casi con dulzura, los servicios y los placeres que le ofrecían. O a los que, con anteojos estilo Lenon, se le acercaban con un bolso y le susurraban: «¿Hachís?», «¿Cocaína?», «¿Crack?»,  o lo que fuera necesario para alcanzar un paraíso fugaz.

Más que calle, después de caminar y de dar vueltas, sin saber si volvía al mismo lugar, se encontró con que había dibujado una geografía completa de un barrio entero, de una ciudad sin límites o circular. La gente siempre la misma, polleras de cuero con tajos de las que se asomaban piernas con medias negras, camperas de cuero tachonadas, motos, cadenas, las peleas y los cuchillazos, al final no ofrecían ninguna variación, más bien contribuían a una sensación de aburrimiento general, a pesar de los movimientos, de los desplazamientos y de las miradas que le echaban, la insistencia de algunas mujeres, de vendedores,  un sin sentido, una espera, como la de una barco varado hace tiempo y que sólo mecen las olas o estremecen y sacuden las mareas, olas y mareas que eran generadas por la misma muchedumbre.

Había más gente en la calle por la que caminaba en ese momento y que desembocaba en una plazoleta. En la bocacalle, una mujer con el pelo color lila,  al lado de la mesita, sobre la misma, un cartel, una caja abierta. Se acercó, en el cartel leyó: “El espectáculo de hoy: Amor  pasión violenta, en vivo y en directo”. La gente se acercaba, pagaba, y la mujer le entregaba una etiqueta adhesiva que se pegaban en la solaba, en el reverso de la mano o la frente.

No le interesó y siguió su camino. A pesar de escuchar algo así como “Señor”, “Señor”, ronca, tal vez de la mujer del pelo de color lila, abandonó la bocacalle y entró en la plazoleta iluminada por un círculo de faroles.

Más gente. A un costado de la plazoleta, un edificio. Se detuvo, alzó la mirada y lo estudió; no era muy grande y no tardó en darse cuenta de que no era un edificio propiamente dicho sino una especie de tinglado o maqueta rústica, una pared que se curvaba en las alturas como si fuera de cartón. En el centro o un poco más arriba, una ventana con una cortina como telón, blanca de tul, tenue, traslúcida y que flotaba levemente.

No  tuvo  necesidad de preguntarle a nadie para  tener  la certeza de que el espectáculo transcurriría allí, en ese edificio y de que culminaría en esa ventana.  Si le hubiera quedado alguna duda, la concentración de la gente en la plazoleta frente a la maqueta, los comentarios, Ya va empezar, Algo totalmente nuevo, Diferente, Muy  refinado, Nunca  visto, Profundamente humana, Ya es la hora, se la habrían borrado.

Como en marejadas sucesivas,  el público se fue aglomerando.  Sentía  su presión, su olor, un olor fuerte entre otros olores, raro, ¿como la de las jaulas de los zoológicos?, su indiferencia, hasta la de la mujer delante de él que  apoyaba sus nalgas debajo de su vientre como ignorándolo. El, a su vez, la ignoró, pero ya no podía eludirla, la multitud formaba una masa compacta.

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