Microcuentos

A Enrique Foffani

 Si bien estaba orgullo de guiarlo con su bastón en mi mano, no estaba seguro de que en el otro extremo fuera él. De todas maneras, en esa oscuridad tan pesada, –tan densa que tenía que empujar para penetrarla y abrir camino–, quería oír su voz y asegurarme de la identidad del personaje para validar la importancia de mi misión.

Dije:

–Borges, está tan oscuro que no veo nada. Pero no se preocupe, lo llevaré a destino.

–No me preocupo, desde hace siglos que los ciegos conducen a los ciegos y todavía no encontraron el abismo. Pero intuyo que estamos cerca. Con mi olfato agudizado ya siento los vapores pestíferos.

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Verano. Por la mañana, fuera la hora que fuera, cuando salía a pasear, siempre la encontraba: una adolescente a la moda, pelo rubio cola de caballo, vaqueros cortos, perversamente deshilachados, piernas doradas, nalgas en un va y viene, colgada del hombro una cartera que, golpeaba su cadera, y se balanceaba.  Si no, él balanceaba su cabeza. Un celular pegada a su oído. Los coletazos que asentían o negaban, eran una señal del diálogo.

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Sobre la ruta, un cartel: “Criadero de los Corderos del Señor” y una flecha que indicaba el rumbo. Dobló y avanzó sobre un camino pedregoso entre una arboleda frondosa. Continúa leyendo »

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Bar La Paz, un centro “cálido de información” sobre nuestras amarguras o alegrías o alguna noticia siempre importante. No hubo noche en que no lo encontráramos detrás de la mesa justo a la entrada de la esquina por Corrientes y Montevideo. En un bloc guillotinado de unos5 centímetrospor 15 que engrampaban unas 40 o 50 hojas, escribía, siempre escribía con birome y una letra menuda como pisadas de hormiga. Continúa leyendo »

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Él y Ella. Los encontramos sentados en los dos extre­mos de un sofá de tres plazas. Ella observa con un poco de temor. Por fin se anima a hablar:
Él: Parece que estás de mal humor, ¿qué te pasa? Continúa leyendo »

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La abuela y las cataratas         

Aunque inevitablemente se muera, se debe vivir con plenitud, cosa que todavía nadie sabe qué es exactamente. ¿Tal vez el amor para los jóvenes? ¿Quizás las maravillas que creó la naturaleza o Dios para todo el mundo, especialmente para los ancianos?

La abuela, más que a mí, vino a visitar a sus nietos a Canadá. Continúa leyendo »

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Debido a su alto costo, para adquirir las píldoras o pastillas Ars Moriendi y asegurar su provisión ininterrumpida, hay que planificar y prevenir. Se las debe encargar mucho antes de ingresar a la universidad y, si es posible, en el momento de entrar en la primaria. No hay ninguna ley específica que los obligue, pero los padres son los que tienen el deber moral, de acuerdo a los estudios e investigaciones, de empezar a proveerlas a la edad de tres o cuatro años, cuando el niño ya es capaz de encender y manipular el televisor. Continúa leyendo »

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